Un país parecido al Macondo de García Márquez, fue sometido a un terremoto que despedazó la paz y alegría de su campiña, con momentos de terror de ver cómo años de esfuerzo por construir una casita, un criadero de aves o donde criar a sus terneros, fueron destruidos.
En este país utópico, en que las autoridades han pretendido minimizar la gravedad de las afectaciones materiales y psicológicas que padece la población más humilde, a raíz de dicho evento de la naturaleza, pues acostumbrados a vivir en un país con una cuestionable desigualdad social, el solo ver a sus familias ilesas de toda afectación, de manera egoísta y sin consideración, les hace considerar que “no ha pasado nada”, llegando a calificar como bochinches las expresiones de real preocupación de los ciudadanos ante el panorama que se observa.
Mientras, el personal de salud, “se veía a gatas” para resolver; por otra parte, el pueblo noble de este país se organizó de manera extraordinaria para ayudar al prójimo, junto a los “taquilleros de siempre”, quienes a través de las donaciones promueven su imagen política, para engañar de nuevo al pueblo, con gobiernos cuyos intereses no están dirigidos a la población. Quizás tras la danza de millones, se volverán a hacer parches y taparán cosas extrañas como derrames contaminantes de viejas minas.
Un día fueron ventiladores en otros son quesos, pero lo peor no ha pasado mientras permanezca la corrupción en la cosa pública.