El movimiento sísmico del pasado 9 de octubre, con sus más de 750 réplicas y más de 2,351 deslizamientos, demuestra que es una falsa afirmación señalar que Panamá no es una zona sísmica.
Dicho terremoto, con magnitud de 7.5 y epicentro localizado a 39 kilómetros al noroeste de Tonosí, Los Santos, afectó a más de 6,400 personas, de las cuales 3,800 se encuentran en refugios temporales, con una víctima fatal. Recibieron daños en su infraestructura: más de 2,250 viviendas y 90 edificios gubernamentales; más de 600 escuelas, de las cuales 35 colapsaron totalmente; 67 hospitales y centros de salud; 44 iglesias; 20 instalaciones del Cuerpo de Bomberos, distribuidos principalmente en las 4 provincias centrales. Y ni hablar de la afectación económica, en términos de paralización de la actividad productiva de la zona y, por ende, de sus fuentes de ingresos; más las secuelas psicológicas.
He aquí algunas lecciones que estimamos nos deja el terremoto:
Es menester hacer una evaluación técnica de los daños a las infraestructuras causadas por el sismo, que sirvan de parámetros para una revisión de la última versión del Reglamento Estructural panameño (2021), así como evaluar y reforzar las estructuras que fueron levantadas antes de la aprobación del Reglamento inicial de 1984.
Las inspecciones municipales deben supervisar el cumplimiento de este Reglamento, más allá de los permisos o pago del impuesto correspondiente.
El gobierno no debe escatimar en fortalecer al Instituto de Geociencias de la Universidad de Panamá para la adquisición de equipos tecnológicos que permitan sistemas de alerta temprana a la población, así como contar con un sistema de aviso en todo el país.
Los simulacros deben planificarse con criterios científicos e involucrar a todos los sectores.
Debe hacerse un uso responsable y transparente del fondo dispuesto por el gobierno para la emergencia nacional, así como las donaciones recibidas.
Debe existir una política informativa del Estado acerca de la situación sísmica del país (fallas, zonas más vulnerables, etc.)
Debemos ir construyendo redes de comunicación y apoyo mutuo para situaciones como ésta que requieren una efectiva solidaridad social.
Debemos tener preparada nuestra mochila de emergencia.
Este sismo reveló la desigualdad social que vive nuestro país. Panamá no es el Dubái de las Américas, hay un Panamá profundo por cuyo desarrollo y bienestar debe velar el Estado. ¡La solidaridad nos hace fuertes!