Recuerdo que años atrás, un HD expresó algo avergonzado que “todos habían mentido para ganar sus curules”. Lamentablemente semejante barbaridad, tal vez generaron una cadena de “chats”, o una amenaza de voto castigo.
Sobre el papel, la democracia representativa es funcional, porque se predica que el Estado sería garante de la libertad de sufragio, estableciendo una férrea protección. Institucional. Pero, cuando los funcionarios incumplen sus promesas, y nada pasa, significa que la politiquería desmeritó el valor de la voluntad ciudadana, para considerarlos un cheque en blanco, utilizable sin limitación alguna. Por eso, no hay consecuencias cuando se aprueban las leyes en contra de la ciudadanía; se administra justicia con selectividad, o se incumplen con las obras públicas prometidas. Y lo que es peor, el Estado espera que lo aceptemos sumisos, so pena de “represalias legitimadas” descontroladas.
Para colmo, los funcionarios se sorprenden al recibir evaluaciones negativas de su desempeño, porque creen que si cumplen con el orden jurídico, tales reparos no tienen fundamento. Menos aún, es imposible de aceptar la idea de que lo que “aprueban, deciden o ejecutan”, se debe aceptar porque lo hacen “en nuestro nombre y representación”.
Este razonamiento pone en evidencia tres cosas. La primera, que el poder que el Estado ejerce, no nace ni se ejerce en el interés ni por voluntad del pueblo. La segunda, que pregunta que ante semejante ruptura, ¿a quién ha terminado favoreciendo el Estado? Y la tercera, qué si el funcionariado no representan a la sociedad, sus decisiones carecen de peso político y jurídico.
La politiquería ha anulado totalmente la participación ciudadana. Los líderes y dirigente que se gestan a base de mentira y la trampa, no les preocupa carecer de las mínimas capacidades para concertar. Si esto continúa, terminaremos viviendo en una democracia huérfana de valores cívicos democráticos, dirigida por los antivalores de la corrupción y el clientelismo.
“El que no da va”, fue una sentencia acuñada por un político criollo, misma que describe nuestra realidad, con cruel realismo. Sin la intervención activa de los ciudadanos, son pocas las posibilidades de que los gobiernos cumplan sus deberes sociales constitucionalizados, y consecuentemente se seguirán privilegiando los intereses de los poderosos.