Ser un joven de la clase trabajadora en Panamá es complicado. Rebuscar oportunidades laborales, capacitarse constantemente e intentar superarse bajo el contexto político-social actual es un verdadero reto. Mientras algunos pueden enfocarse únicamente en sus estudios y contar con la comodidad de un auto, la realidad para la mayoría de nosotros es distinta.
Muchos jóvenes universitarios debemos dividir nuestro tiempo entre el trabajo y la universidad. La norma es madrugar para cumplir jornadas de ocho horas muchas veces con salario mínimo frente a altas exigencias, para luego trasladarnos a la universidad y regresar a casa a altas horas de la noche. Repetimos esta rutina agotadora con un claro propósito: algunos para aportar en el hogar, otros para construir un currículum competitivo ya que no cuentan con el respaldo de un apellido ostentoso pero el punto principal siempre es intentar alcanzar estabilidad económica.
Con los años, la situación del país se vuelve más insostenible y, como generación de relevo, heredamos problemáticas profundas que no enfrentaron las anteriores. Es fácil tildarnos de “generación de cristal”, pero veo esa etiqueta como algo bueno. Soy parte de una generación que no pide perdón ni permiso; de una que construye su futuro con lo poco que tiene, sin pena y dispuesta a sacrificarlo todo por un trato justo. Somos una juventud resiliente que lucha por su futuro profesional en medio de la desigualdad estructural, y me siento orgullosa de formar parte de ella.