- domingo 23 de agosto de 2026 - 12:00 AM
En los encuentros con líderes, en sus hogares y comunidades a nivel nacional, hay una preocupación que se repite, aunque cambien los lugares y las familias, la situación está difícil y cada vez cuesta más llevar lo necesario a la mesa.
Las jefas de hogar nos cuentan cómo distribuyen lo que tienen para alimentar a su familia; un padre explica que un salario ya no le alcanza para terminar el mes; y un adulto mayor nos dice que primero debe separar el dinero para sus medicamentos. Son conversaciones sencillas, pero nos hacen pensar en algo que muchas veces olvidamos cuando hablamos de economía, detrás de cada cifra hay una familia haciendo cuentas.
En la sala de sus hogares me dicen que ya no debemos hablar solamente del costo de la canasta básica, sino preguntarnos ¿cuánto representa ese gasto dentro del ingreso mensual de una familia?
Porque el problema no es únicamente cuánto cuestan el arroz, la carne, los huevos, la leche, el azúcar o el aceite; el verdadero problema aparece cuando sumamos: alimentación, electricidad, transporte, medicamentos, agua, educación y otros gastos indispensables, mientras los ingresos siguen siendo los mismos.
Según el Ministerio de Economía y Finanzas, en marzo de 2026, la canasta básica familiar de alimentos en Panamá y San Miguelito alcanzó B/.365.88 mensuales; y hablamos solamente de alimentos; allí no incluyen la vivienda, la electricidad, el agua, el transporte, los medicamentos, la educación o el teléfono. Por eso, una cosa es conocer una cifra y otra muy distinta es escuchar lo que esta significa en la vida cotidiana.
Las familias no hablan de porcentajes ni de indicadores, hablan de cuánto cuesta llenar la bolsa en el supermercado, el minisúper o la tienda; pagar la luz, comprar los medicamentos y mandar a sus hijos a estudiar.
El crecimiento económico adquiere verdadero sentido cuando llega a la mesa de las familias, cuando genera oportunidades y cuando permite vivir con dignidad.
Escuchar a la gente también es una manera de entender la economía, porque cuando esta crece, debe sentirse también en el bolsillo, en la mesa y en la tranquilidad de las familias.
En los encuentros con líderes, en sus hogares y comunidades a nivel nacional, hay una preocupación que se repite, aunque cambien los lugares y las familias, la situación está difícil y cada vez cuesta más llevar lo necesario a la mesa.
Las jefas de hogar nos cuentan cómo distribuyen lo que tienen para alimentar a su familia; un padre explica que un salario ya no le alcanza para terminar el mes; y un adulto mayor nos dice que primero debe separar el dinero para sus medicamentos. Son conversaciones sencillas, pero nos hacen pensar en algo que muchas veces olvidamos cuando hablamos de economía, detrás de cada cifra hay una familia haciendo cuentas.
En la sala de sus hogares me dicen que ya no debemos hablar solamente del costo de la canasta básica, sino preguntarnos ¿cuánto representa ese gasto dentro del ingreso mensual de una familia?
Porque el problema no es únicamente cuánto cuestan el arroz, la carne, los huevos, la leche, el azúcar o el aceite; el verdadero problema aparece cuando sumamos: alimentación, electricidad, transporte, medicamentos, agua, educación y otros gastos indispensables, mientras los ingresos siguen siendo los mismos.
Según el Ministerio de Economía y Finanzas, en marzo de 2026, la canasta básica familiar de alimentos en Panamá y San Miguelito alcanzó B/.365.88 mensuales; y hablamos solamente de alimentos; allí no incluyen la vivienda, la electricidad, el agua, el transporte, los medicamentos, la educación o el teléfono. Por eso, una cosa es conocer una cifra y otra muy distinta es escuchar lo que esta significa en la vida cotidiana.
Las familias no hablan de porcentajes ni de indicadores, hablan de cuánto cuesta llenar la bolsa en el supermercado, el minisúper o la tienda; pagar la luz, comprar los medicamentos y mandar a sus hijos a estudiar.
El crecimiento económico adquiere verdadero sentido cuando llega a la mesa de las familias, cuando genera oportunidades y cuando permite vivir con dignidad.
Escuchar a la gente también es una manera de entender la economía, porque cuando esta crece, debe sentirse también en el bolsillo, en la mesa y en la tranquilidad de las familias.