- domingo 31 de julio de 2011 - 12:00 AM
Encuentros que no se olvidan
En 1968, cuando la Guardia Nacional dio el golpe de Estado, yo tenía 13 años y vivía en San Pedro, Juan Díaz. En ese instante se marcó un hito en la historia nacional, que le daría un giro a quienes hasta ese momento teníamos pocas opciones para salir de la pobreza.
Ese acontecimiento hizo posible que niños y niñas de los barrios populares, del campo y los pueblos indígenas hoy seamos profesionales. Así es, pudimos tener parvularios en nuestras comunidades, escuelas primarias, uniformes, útiles escolares y becas; ingresar a colegios secundarios y a la Universidad. Sí, logramos estudiar en la Universidad de Panamá, gracias a la lucha de miles de jóvenes y a la apertura de las puertas universitarias en 1970.
En ese entonces, la UNESCO planteaba la necesidad de abrir las escuelas y universidades para evitar lo que sucedía en América Central, donde cientos de líderes juveniles se sumaban a movimientos reivindicativos armados y no iban a clases.
En Panamá, hasta 1968, solo había en la universidad 12 mil estudiantes; cuando muere el general Torrijos en 1981, había más de 35 mil. Además de la insistencia de nuestros padres en que debíamos estudiar para ser alguien de bien en la vida, para nosotros era un orgullo educarnos. Fueron importantes los concursos de oratoria, los encuentros culturales y literarios; estar en organizaciones estudiantiles, los voluntariados en verano, los encuentros con universitarios y, al inicio de cada año, despedir las delegaciones de jóvenes que salían a estudiar a otros países. Soñábamos con ser profesionales. Todo esto iba acompañado con el gran movimiento nacional por la recuperación del Canal.
Tres veces me encontré con el general Omar Torrijos: una fue en el Paraninfo de la Universidad, en 1978, al debatirse el traslado de la Facultad de Agronomía a la provincia de Chiriquí.
Representé a los estudiantes en desacuerdo, porque no había las condiciones para que los estudiantes citadinos pudiéramos viajar a esta provincia. Él escuchó paciente y atento, luego dijo que entendía nuestra situación, que había que tomarla en cuenta, pero que reflexionáramos sobre ‘cuándo habíamos visto que se siembra en cemento’. Mi generación fue la penúltima en graduarse en la capital. Hoy, la facultad está en Chiriquí.
Actualmente, hace falta una visión integral hacia donde encaminar nuestros esfuerzos para garantizar a la niñez y juventud, especialmente a la más pobre y excluida, su educación y futuro en la Nación.
LA AUTORA FUE PRECANDIDATA PRESIDENCIAL DEL PRD