La democracia tiene muchos defectos, que son superables si juntos enfrentamos los desafíos colectivos que se nos presentan, movilizados por la fuerza de los liderazgos políticos que en su seno se generen. Recordemos aquella gran concentración convocada por Torrijos reclamando “soberanía total”, así como aquellas grandes marchas en las que en coro se demandaban “libertad y justicia”.
Esas eran muestras sensibles del espíritu nacionalista y consciencia democrática de los panameños. Esas consignas lograban movilizar voluntariamente a los panameños, a los que por la trascendencia de las coyunturas, no se les habría ocurrido pedir “una salve” por participar.
La democracia lejos de fortalecerse con el paso de los tiempos terminó convertida en “una bufonada”, pues ella se resumió a la participación de depositar el voto, en medio de falsas promesas y de figuras desgastadas, y una ciudadanía presta a vender su conciencia al mejor postor.
Este relajamiento provocó “en cámara lenta” el colapso de la democracia, y sólo se reanima al influjo de las prácticas clientelistas y la espesa demagogia que se esparce durante esos los torneos electorales. Más tarde, todos renegamos por la baja calidad ética y las incapacidades de los funcionarios electos, y ya vemos normal la espera paciente de las otras elecciones “para sacarnos el clavo”.
A ese ritmo se nos seguirán acumulando los problemas sociales, se nos hará imposible la construcción de “ese gran país”, pues esa será la factura que pagaremos por la irresponsabilidad de poner el destino del país, en las manos de políticos corruptos.
Esto ha sido producto de la casualidad. Ha sido un plan concebido deliberadamente desde “las cimas más altas del poder”, para neutralizar la participación de las grandes mayorías en los procesos de concertación política institucional, para manejar como relajo, sus exigencias e intereses grupales.
Con esta dinámica tóxica, los poderosos se aseguran que el Estado le siga brindando educación y salud a las mayorías, pero como “promesas de campaña”, y no como esos “compromisos institucionalizados” que el Estado por mandato constitucional nos debe satisfacer. ¿Y cómo terminamos? La sociedad panameña sobrevivió a una dictadura que intentaba “democratizarse”, y hoy soporta una democracia, que se esfuerza por “autocratizarse”.