- sábado 29 de enero de 2011 - 12:00 AM
La degeneración social que tenemos
O mucho me engaño, o el nuestro es un país en donde la quiebra de las costumbres parece un fenómeno más penetrante y manifiesto. A nosotros nos hace falta, primordialmente y de un modo desolador, la serenidad vital que es la condición de las costumbres sanas, de las costumbres bellas. Y aunque sea con mucho esfuerzo, tenemos que buscar las causas que determinan esa ausencia. Algunos –por qué no decir muchos- ven el fenómeno con óptica moral y atribuyen la degeneración de las buenas costumbres a que vivimos en una sociedad sin sanción, ya que desaparecido el principio de autoridad que siempre nos caracterizó, pareciese que no hay quien imponga normas ni quienes tengan la voluntad y el deseo de seguirlas, y mucho menos, quienes las exijan.
Con igual derecho al voto, el hombre honesto que el analfabeto vicioso, sin oficio, no aplica respeto para lo que es el hogar y la familia, quizás porque no la tiene, nuestra sociedad panameña está indefensa y corren por su organismo múltiples virus morbosos que tienden a disociarla y destruirla. Así también, la subversión democrática de los valores políticos es quizás el desplazamiento de las clases cultas en la dirección de los asuntos políticos.
Pero habría que preguntarse por qué se ha producido tan fácilmente en nuestro istmo esa fuga de las buenas normas en el funcionamiento de nuestra sociedad; por qué ha habido esa generalización de lo inculto a costa de lo populachero, ese desvanecimiento tan absoluto de lo mejor de nuestra histórica tradición. Habría que preguntarse mucho más. El modo de vivir es cosa tan inmediata, tan dominada por la gestión individual, que habría que buscar en la desesperación de nuestras buenas costumbres el hecho más simple y trágico de nuestra vida de hoy, como lo es la desesperación de la economía en la población panameña.
Lo que ha desaparecido en Panamá o está a punto de desaparecer de manera total son las buenas costumbres de las clases más afectadas por la estrangulación económica: de la clase media para abajo, incluyendo la clase campesina, en muchísimos casos. Hoy nos encontramos con que la vida panameña, ya sea en ciudades o campos, ha perdido aquella placidez, aquella coherencia, aquella unidad sentimental y emocional que le aseguraban antes ciertas rutinarias dulzuras y comportamientos. Eso se ha perdido ya. Nos toca a todos recuperarlas, incluyendo al Ministerio de la Familia y la Niñez.
EL AUTOR ES PERIODISTA