- miércoles 04 de noviembre de 2026 - 12:00 AM
Nos tomó casi un siglo despejar el mapa y ver ondear la bandera soberana en el Cerro Ancón. En la prisa de la epopeya, nos olvidamos sacar al capataz del subconsciente. Revertimos la tierra y nacionalizamos las esclusas, sí, pero un segmento de cocotudos arrendó la mente y jamás ha asimilado el cambio.
No se trata de rechazar al extranjero o negar la cooperación internacional. La soberanía no es xenofobia. El verdadero meollo está en esa casta que sufre de una severa y crónica «anteojera colonial». A menudo barnizado con títulos y posgrados importados, ese segmento es filoestadounidense por vicio automático antes que filopanameño por convicción y dignidad.
Se trata de un reflejo condicionado. (La prueba de Paslov). Si el proyecto lo concibe la inteligencia local, para esa gente es un “invento de patio”; si viene redactado en inglés desde Washington o Miami (como el MoU más famoso, top secret), es una “solución vanguardista de clase mundial”. Piden un café de cinco dólares suspirando con resignación colonial: “Es que aquí nada funciona porque es muy panameño”. Su complejo de inferioridad no es ignorancia: en la gente educada es un glamoroso esnobismo.
Confunden la integración global con el servilismo intelectual. Se llenan la boca de patriotismo vistiendo pollera y montuno para la foto en noviembre, pero les pone patidifusos administrar el país sin la tutoría del “tío Sam”. Heredaron el trauma del menor de edad que necesita que la potencia del norte le revise la tarea y le otorgue el sello de aprobación.
Frantz Fanon lo advirtió con precisión: la mayor victoria del dominador no es tomar la tierra, sino lograr que el dominado desprecie su propia sombra. La Zona del Canal fue demolida, no por la Peñalba, pero el segmento de marras prefiere mantener el cerco de ciclón adentro del cráneo, operando como administrador de un enclave imaginario. Hegseth les da cuerda, Chábrego.
Es hora de quitarse la anteojera, mirar al espejo sin complejos y entender de una buena vez que la verdadera independencia no se firma en un tratado; se ejerce con dignidad. Noviembre es crucial para interiorizarlo y convertirlo en hábito.