• jueves 30 de julio de 2026 - 12:00 AM

Arte, arqueología y fe en el rescate monumental de San Felipe de Portobelo

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El alma de Portobelo renace, a escasos metros de la contigua y muda Real Aduana —donde desembocaban las recuas del Camino Real y del Camino de Cruces cargadas con el oro del Potosí—. La Iglesia de San Felipe y la Capilla de San Juan de Dios protagonizan una ambiciosa restauración integral de $12.2 millones, impulsada por el Gobierno Nacional. Bajo la batuta ad honorem de Ricardo Gago, la intervención va mucho más allá de reparar grietas: se trata de una rigurosa consolidación científica que remueve adiciones modernas, como el coro de concreto que cederá paso a la ebanistería tradicional de la época, devolviendo al templo su autenticidad arquitectónica.

​En esta terminal histórica, cuyo sistema defensivo ostenta el mismo valor excepcional de la UNESCO que el Coliseo de Roma o las Pirámides de Egipto, la arqueología y la restauración caminan juntas. Las excavaciones bajo el suelo del templo han hallado sepulturas virreinales con cenizas humanas, mientras que la recuperación del entorno rescata puentes coloniales de piedra y vías adoquinadas. A la par, el trabajo sobre el patrimonio mueble restaura retablos e imágenes religiosas —incluyendo al Niño Jesús y al venerado “Naza”—, curando siglos de devoción y salitre.

​El proyecto corona su visión comunitaria con la creación del Museo del Nazareno, concebido para albergar la impresionante colección de mantos de terciopelo y exvotos ofrecidos al Cristo Negro. En este espacio donde dialogan el arte sagrado y la vibrante Cultura Congo —Patrimonio Inmaterial de la Humanidad—, la memoria viva se vuelve turismo cultural sostenible. En cada paso, resuena la fe popular que atrae y atrajo a peregrinos habituales como Ismael Rivera, inmortalizado cerca del santuario por la escultura de Palomino junto a Sorolo y Rosa Bonilla, recordando que los milagros verdaderos nacen de la lealtad y la redención.

​Próximo a culminar en diciembre, este rescate monumental asegura un recinto seguro y digno para los miles de devotos que cada 21 de octubre rebasan a esta pequeña comunidad costera. Portobelo ya no despacha las flotas de galeones que abastecieron a Europa, pero en su renovado conjunto de piedra, arte y museo, resguarda el tesoro más valioso de la primera globalización: la dignidad intacta y la fe inmortal de su pueblo.