• martes 22 de julio de 2025 - 12:00 AM

Alejandro y Bucéfalo

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Alejandro Magno, desde niño, mostró cualidades excepcionales: coraje, inteligencia, integridad, disciplina, empatía y lealtad. También aprendía con diligencia todo lo que le enseñaba su maestro Aristóteles, cuyos conocimientos filosóficos se basaban en la serenidad, el juicio y la perseverancia.

Desde joven compartía momentos importantes con su padre, Filipo II. En uno de ellos, unos vendedores llevaron al rey un magnífico corcel. Ambos quedaron boquiabiertos al ver al ejemplar: un caballo negro, enérgico, con una mancha blanca en la nariz cuya forma recordaba la cabeza de un buey. Por eso lo llamaron Bucéfalo, que significa “cabeza de buey”.

El sagaz príncipe se acercó sigilosamente al intranquilo caballo, tomó las riendas, las sujetó con firmeza y comenzó a hablarle con delicadeza mientras acariciaba su cuello. Tras un momento, condujo a Bucéfalo unos pasos hacia adelante y luego lo volteó, pues había notado que al caballo le asustaba su propia sombra. Al no verla, se calmaba. Entonces, el joven Alejandro se quitó la capa y montó a lomos del animal.

Con esta destreza se ganó la confianza de Bucéfalo, su montura favorita durante la extensa campaña militar que lo llevó por Asia Occidental, Asia Central, partes del sur de Asia y Egipto. Ambos se convirtieron en íconos culturales de la Antigüedad por el vínculo profundo y complejo que compartieron, basado en la confianza, el coraje y un inquebrantable sentido de victoria en las grandes conquistas.