Somos la marea roja y no sabíamos que él ya no estaba

Lo que me contó fue una historia en absoluto, de descubrimiento casual. Fue el retrato de un instinto que no sabe apagarse.
  • jueves 07 de mayo de 2026 - 12:00 AM

Hay frases que se instalan en la memoria colectiva de un país sin que nadie lo planifique. “Somos la Marea Roja” es una de ellas. La gritamos en estadios, la cantamos sin saber bien cómo llegó a nuestros labios, la convertimos en identidad nacional.

Lo que nadie sabe es que esa frase hay un nombre: Rubén Pinzón. Periodista deportivo panameño. El hombre que le regaló al fútbol nacional una de sus expresiones más poderosas.

Pregunté por él. Y la respuesta me dejó perpleja. Rubén Pinzón está en Voces Apagadas — el libro que documenta a los periodistas panameños que fallecieron durante la pandemia.

Como también lo está Kendall Royo. Mi amigo. Mi inolvidable compañero de trabajo. En 2020, su muerte me llegó de golpe, como llegan las noticias que uno nunca termina de procesar del todo. La angustia de no poder despedirle y que la distancia obligada te robe ese último momento — eso no tiene nombre preciso. Lo que sí sé es que un post fue todo lo que pude ofrecerle. Hasta que tuve el borrador de este libro entre mis manos. Ver una página entera dedicada a él. Su ilustración. Su sombrero típico característico. Su nombre — rescatado del olvido, preservado para siempre. En ese instante entendí lo que este libro hace, aquello que ningún post puede hacer: devuelve a los que p se fueron un lugar permanente en la memoria. Por primera vez pude decirlo en paz: Kendall, ¡hasta luego!

Entrevistar a la que entrevista

Esperanza M. Navarro C. lleva 35 años haciendo las preguntas. Radio, prensa escrita, televisión, agencias internacionales — recorrió cada espacio donde el periodismo respira. Sentarme frente a ella sabiendo que esta vez me tocaba a mí preguntar, fue un ejercicio desafiante que terminó con satisfacción.

Lo que me contó fue una historia en absoluto, de descubrimiento casual. Fue el retrato de un instinto que no sabe apagarse. Una búsqueda en su computadora. Un nombre. Una glosa diminuta, casi invisible, sepultada entre noticias más grandes. Y ahí, en esa brevedad que el mundo le dedicó a alguien que merecía mucho más, Esperanza reconoció algo que solo reconoce quien ha pasado décadas documentando la realidad: una deuda. Porque esa glosa no era solo la muerte de un colega. Era la punta de un silencio que ella lograría detener.

Lo que vino después fue imparable. Una lista que crecía con cada búsqueda. Colegas de redacción. Los legendarios. Los de la pluma que nadie ha igualado. Los comentaristas de radio que construyeron contenido valioso, cercano e irrepetible mucho antes de que a ese formato le llamaran podcast — con nada más que su voz, su criterio y su conocimiento, sin necesitar algoritmos para ser escuchados. Los fotógrafos que documentaron momentos que, hoy, son historia — entre ellos, las imágenes del 9 de enero, que existen porque alguien arriesgó su vida y tuvo la valentía de estar ahí con una cámara. Todos, parte del grupo al que Panamá no supo despedir.

La pregunta que cargó sola

¿Cuántos de ellos recibieron el homenaje que merecían?

Esperanza lo formuló casi en voz baja. Como quien ha cargado una pregunta demasiado tiempo sin encontrar a quién hacérsela.

Son ellos quienes cubren los funerales de Estado. Sus cámaras y micrófonos, son los que inmortalizan las despedidas de los demás. Pero cuando les tocó a ellos, el silencio fue casi absoluto. Algunos medios televisivos mostraron respeto con videos de despedida a sus compañeros — y ese gesto, aunque pequeño, fue al menos un reconocimiento. Pero para muchos otros, el único espacio de duelo fue un grupo de WhatsApp. Ahí, entre colegas que compartían el mismo temor — porque las autoridades no los incluyeron en la lista de vacunación como grupos prioritarios — se despidieron con anécdotas, con audios, con el dolor silencioso de quienes saben que uno de los suyos cayó cumpliendo con su deber. Ese fue su funeral. Ese fue su homenaje.

Una deuda que ahora tiene nombre

Voces Apagadas. Periodistas caídos en pandemia, recoge 29 casos documentados. Veintinueve — y la autora advierte que quizás sean más, porque nadie, en medio del caos, llevaba la cuenta.