Living room: Una pintura viva o una vida en la pintura

Y es que la pieza de cierre nos permitió eso, precisamente: estar en la sala del ideario de Pinto
  • miércoles 19 de octubre de 2022 - 8:21 PM

El PRISMA—Festival Internacional de Danza Contemporánea de Panamá, versión 11, llegó a su fin este domingo 16 de octubre, tras varios días de espectáculos en diferentes espacios de la ciudad capital. El cierre estuvo a cargo de la coreógrafa, directora, escenógrafa y diseñadora de vestuario israelí, Inbal Pinto, quien, con su paleta de colores y las innovaciones en su montaje, no solo nos introdujo en el universo de «Living room», sino que también nos atrapó en él.

Y es que la pieza de cierre nos permitió eso, precisamente: estar en la sala del ideario de Pinto, alucinando con sus gráficos, sus personajes y la paranormalidad de las interacciones en la escena.

Aún sin levantar el telón, la obra iniciaba con la melodía cálida y cordial de una guitarra; pronto descubriríamos una silueta en contra luz observando/habitando una sala u hogar, cuyo empapelado de sus paredes parecían ser una postal o una tarjeta que invitaba a soñar o a escribir una historia.

El diseño de luces de Tamar Orr le daba vigor a los dibujos de árboles, en color rojo, que la misma Inbal creó para animar las paredes de aquella habitación; ese mundo donde lidiaba consigo misma, con sus fantasmas y con su soledad, una mujer (Moran Muller). La bailarina de Israel hacia gala de su amplio rango de movimiento, mientras se mimetizaba en las paredes, procurando escapar de la monotonía.

La escena dibujaba el retrato de aquellos días de cuarentena, cuando intentábamos olvidar la oscuridad y la calamidad detrás de los muros; esos momentos cuando la ficción superó la realidad y los rincones de la casa adquirieron el valor de un destino soñado o al menos, para desdibujar el caos del encierro.

En medio de la espera y de un silencio sostenido e irónico, hasta cómico, provocado por la atmósfera que la música de Maya Belsizman producía, los muebles adquirieron vida: la ilusión de tener compañía fue el aliciente para evitar resolver las grandes contradicciones sobre cómo conseguir habitar consigo misma.

Muller abría continuamente un mueble que guardaba la añoranza de días pasados. La luz y la música recordaban lo subestimado que fue el ayer. La intérprete se rompe en llanto y seguidamente purga el sueño por todos los rincones de la casa.

Pronto irrumpiría en la rutina un sujeto (Itamar Serussi), que se deslizaba desde la parte de adentro de aquel mueble. Irremediablemente, el bailarín estaba destinado a incomodar la existencia, a modificar el entorno, tal como sucedió, en muchos casos, cuando nos tocó compartir nuestras paredes y comprender hasta dónde estábamos dispuestos a soportarnos o que, en otros términos, nos arrojó a descubrirnos y abrazarnos.

Sobre la cualidad de movimiento desarrollada por Inbal Pinto y ejecutada por Muller y Serussi, esta evocaba esas animaciones con plastilina —stop-motion— que innovaron el mundo audiovisual desde inicios del siglo XX. Las secuencias de contact, trabajo de parnering, repeticiones y el uso de las velocidades se comparaban a la sucesión de imágenes, cuadro por cuadro de objetos tridimensionales.

En la última parte de la pieza, la lección parece ser que justo cuando nos acostumbramos al otro, nos toca dejar ir. Ante la bifurcación de los caminos de la vida el entorno nos puede tragar y en ese imaginario, la espera puede ser refugio. La obra «Living room» es una pintura viva o una vida en la pintura.

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