- miércoles 12 de agosto de 2026 - 12:00 AM
La gira de despedida de Xuxa Meneghel, intérprete de ‘Ilarié’, iniciada hace unos días en Brasil ante más de 50 mil personas, no solo moviliza a una generación que creció con su música, también pone en escena el juicio implacable de la sociedad sobre el cuerpo femenino cuando envejece.
Bastó un concierto para que las redes sociales dejaran de hablar de una artista que ha vendido millones de discos, revolucionó la televisión infantil latinoamericana y marcó la cultura popular de varias décadas. Lo verdaderamente importante, según los jueces de internet, fue un vestuario. Unas botas. Un escote. Unas piernas. De pronto, la conversación dejó de ser sobre una carrera monumental y pasó a ser sobre cuánto cuerpo «debería» mostrar una mujer de 63 años.
No deja de ser curioso. Nadie parece preguntarse si un hombre de esa misma edad tiene derecho a usar una chaqueta de cuero, pantalones ajustados o a bailar rodeado de mujeres veinteañeras.
Chayanne, Ricardo Arjona, Marco Antonio Solís, Emmanuel, Miguel Bosé o José Luis Rodríguez ‘El Puma’ continúan subiéndose a los escenarios con una imagen cuidadosamente construida para proyectar vigor, sensualidad y carisma. Nadie les exige vestirse «de acuerdo con su edad». A ellos el tiempo los consagra.
Las mujeres, en cambio, reciben el permiso condicionado como aplauso. Pueden seguir cantando, siempre que no incomoden. Pueden seguir apareciendo, siempre que no intenten parecer jóvenes. Pueden envejecer, pero con discreción. Con elegancia. Con el tipo de elegancia que otros definen por ellas.
Es una violencia particularmente sofisticada que rara vez reconocemos como tal. Convertir el envejecimiento femenino en un protocolo. Como si la sociedad hubiera redactado un manual silencioso donde cada década elimina un derecho. A los veinte se puede provocar. A los treinta, seducir. A los cuarenta, moderarse. A los cincuenta, inspirar. Después de los sesenta solo queda representar la dignidad según el criterio ajeno.
Qué concepto tan miserable de la dignidad. Porque la dignidad nunca ha estado en el largo de una falda. Está en la libertad de elegirla.
Y el arte jamás ha servido para obedecer expectativas. El escenario no es una oficina de protocolo. Es un territorio simbólico donde el cuerpo también comunica. Cada vestuario, cada movimiento y cada decisión estética forman parte de un discurso. Reducir todo eso a una discusión sobre «si ya está muy vieja para usar eso» revela una pobreza crítica alarmante.
Paradójicamente muchos de quienes hoy condenan la imagen de Xuxa crecieron viendo a esa misma mujer romper esquemas en la televisión. La celebraban cuando representaba la juventud eterna, pero ahora parecen castigarla por demostrar que la juventud nunca fue el verdadero tema. El problema no es que ella haya cambiado, sino que la sociedad todavía no sabe cómo mirar a una mujer que envejece sin pedir permiso.
Esta polémica es reveladora porque no habla de Xuxa. Habla de nosotros.
Quizá por eso esta gira de despedida termina siendo mucho más interesante de lo que parece. Ya no es únicamente el cierre de una carrera extraordinaria. Es una prueba social. Un experimento que expone hasta qué punto seguimos asociando el valor de una mujer con su capacidad para cumplir expectativas ajenas.
El arte no envejece cuando el artista cumple años. Y este es el verdadero espectáculo que estamos presenciando. No el de una mujer de 63 años subiéndose a un escenario con el vestuario que le da la gana, sino el de una sociedad que todavía necesita discutir si una mujer puede seguir siendo dueña de su cuerpo después de los 60.
La despedida de Xuxa no está ocurriendo sobre el escenario. Está ocurriendo en la cabeza de quienes creen que una mujer debe retirarse mucho antes que su talento.