[Cuento] El perro y el coyote

  • domingo 27 de septiembre de 2026 - 12:00 AM

Un coyote estaba tan flaco y larguirucho que parecía desaparecer entre huesos y pelos. Llevaba varios meses sin comer. En el bosque era difícil encontrar alimento y, en ocasiones, cuando se acercaba a las fincas, los campesinos lo ahuyentaban con piedras y palos; algunas veces incluso disparaban para matarlo.

¡Qué existencia tan difícil la del pobre coyote!

Caminando por la pradera, el coyote se encontró con un perro hermoso y gordo, de pelaje brillante, esponjoso y limpio. Vivía en una casa cerca del río, rodeada de árboles frutales.

En ese momento, el coyote hubiera podido morderlo y gruñir gruuuuuu, hasta comérselo lentamente; pero el perro gozaba de buena salud, era fuerte y de actitud poderosa, capaz de defenderse con gran agilidad.

Entonces, el coyote avanzó lentamente y con educación hasta colocarse cerca del perro.

—Hola, amigo perro —expresó tristemente el coyote—.

Llevo días observándote. He visto cómo disfrutas de la alegría. Te admiro: estás sano, feliz, ladras cuando quieres, estás bien alimentado y hasta hueles delicioso. He notado que te bañan con agua y jabón oloroso, y luego peinan todo tu pelaje.

—Estoy sorprendido, perro.

—¿Qué puedo hacer para llegar hasta tu casa? —preguntó—. Quiero ser como tú.

—Amigo coyote, tú también puedes estar tan saludable como yo —contestó el perro—. No lo estás porque no quieres.

—¿Por qué me hablas así? —preguntó el coyote, confundido—.

Claro que quiero ser como tú. Dime, ¿cuál es el consejo para gozar de salud y belleza?

—Mi orientación es la siguiente —dijo el perro—: sal del bosque, de las colinas y las praderas. Quienes viven allí la pasan mal, cazando al azar para ver qué logran comer o qué pez pueden pescar. Ustedes son nómadas: hoy aquí, mañana allá, sin un lugar fijo. Viven al día, y a veces por pura suerte encuentran algo para comer o beber. Eso no es vida, amigo coyote.

Te llevaré con mi dueño a una lujosa finca donde no falta nada para subsistir en la Tierra. Tu vida cambiará.

—¿Qué debo hacer? —preguntó el coyote.

—Tranquilo, casi nada —respondió el perro—. Ladrar y perseguir a los maleantes que llegan a la finca a robar gallinas, vacas, ovejas, o a cosechar maíz y guandú.

También deberás ser amable con los hijos de los dueños, con los familiares y amigos, y obedecer siempre las órdenes de tu amo. Tendrás buena alimentación: pollo, cerdo, carne de vaca; a veces comerás las sobras del almuerzo y la cena.

Y algo maravilloso: tus dueños te darán caricias y te hablarán con voces tiernas de vez en cuando.

El coyote suspiró al oír aquel relato. Imaginó un futuro de prosperidad, sobre todo el cariño sincero del hombre.

—Amigo perro, me voy contigo. Mi vida cambiará desde hoy.

Esta es una gran oportunidad.

Ambos corrieron alegres hacia el nuevo hogar, acompañados por una agradable brisa de verano. De pronto, el perro tropezó y cayó. El coyote lo ayudó a levantarse y notó una herida en su cuello.

—Amigo perro, tienes el cuello lastimado bajo el pelaje.

—Eso se alivia con medicamentos, no es nada —respondió el perro.

—No, eso es una herida —dijo el coyote—. ¿Cómo te la hiciste?

—Te diré la verdad —confesó el perro—. A veces mi amo me coloca un collar en el cuello y me ata a un árbol. Dice que es para protegerme. Solo tengo permiso en algunas ocasiones para salir a pasear. Controlan mi vida perruna.

—¡¿Te amarran?! —exclamó el coyote.

—Sí —respondió el perro—. Controlan mi vida de vez en cuando. Ya estoy acostumbrado.

—Nada de costumbre —dijo el coyote con firmeza—. No quiero ser sumiso a una vida controlada con ataduras.

Y añadió:

—Prefiero la libertad del bosque, donde tengo la capacidad de elegir y actuar según mi propia voluntad, sin coacción ni restricciones injustas. Aunque no es una libertad absoluta, sus límites están en no perjudicar la libertad ni los derechos de los demás. La libertad es un pilar fundamental para todos los animales.