[Cuento] El pájaro misterioso

Un cuento enseña que muchas veces el miedo nace de lo desconocido y desaparece cuando comprendemos la verdad
  • domingo 01 de marzo de 2026 - 12:00 AM

Escucho unos silbidos terribles. En casa todos duermen. Hay crujidos. Hay ruidos de aleteos. Solo veo sombras que atraviesan las ventanas y se cruzan en el cielo de la noche. Hasta mis huesos tiemblan. Los sonidos se acercan cada vez más. No sé quién los produce, y eso me aterra. Están más y más cerca. A esta hora solo yo estoy despierto.

Antes de anoche miré por la ventana. Vi varias aves negras volando en círculos. Una de ellas era pequeña. Me parecían monstruos en la oscuridad. Me miraban fijamente con sus rayos amarillos, como si sus ojos fueran de fantasmas hambrientos.

Pensaba que las aves solo volaban durante el día y descansaban en la noche. Pero estos pájaros azabaches revoloteaban en el patio como gallinas alborotadas o gallos peleándose y levantando polvo. De repente escucho un gran golpe en la ventana y, del susto, caigo de espalda. Me escondo debajo de la cama. No puedo dormir. Me tiemblan las patas. Estoy alerta. No sé qué chocó contra el vidrio. Espero que no haya entrado a mi cuarto. La noche se marcha poco a poco. Los colores de la madrugada van despertando el patio. Desaparecen las siluetas entre los árboles de mango y marañón.

Por la mañana, Pedrito abre la puerta y sobre la tierra, desde abajo, lo mira un ave pequeña. Pedrito es mi amo. Me rescató cuando yo era un gatito abandonado. Recuerdo como si fuera ayer el día que me recogió y me curó. Todos los días me alimenta y me mima.

El ave tiene ojos grandes y saltones, como si no tuviera párpados. Sus orejas son pequeñas. No está herida, pero parece lastimada. Pienso por un momento que se trata de un familiar porque tiene un parecido a mí. Sus ojos son grandes y rayados, como los míos. También es pequeña como yo. Aunque no soy un ave, sino un gato. Él la coloca en una vieja jaula y le da de comer y beber. Olía muy bien aquello. Quisiera haber comido de lo que le ofrecieron a ese misterioso pájaro, quien no quiso comer nada. Nunca había visto un ave como esa. Aunque en algunas noches tenebrosas las había oído ulular. Cada vez que lo recuerdo, me erizo sin ser erizo. Se me pone la piel de gallina sin ser gallina.

Casi sin moverme, y escondido, todo el día la observé con detenimiento. Creo que me miraba de reojo. Si era así, me ignoraba. No emitía ningún sonido. Esa noche sentí mucho miedo. Regresaron los alaridos. Otra vez las sombras daban vueltas por las ventanas. Reuní todo mi valor y me acerqué a su jaula. Di un brinco enorme cuando giró la cabeza en redondo como si estuviese desconectada del cuerpo. Fue una vuelta completa. Maullé del susto. Me miró directo a los ojos con sus luces amarillas de terror. Quiso volar hacia mí. Quizá tenía mucha hambre. Me quedé helado. No podía moverme. Si no hubiera sido por la jaula, no lo estaría contando.

Tras amanecer, seguía allí encerrado, inmóvil. Como si solo tuviera vida nocturna. Pedrito le volvió a colocar agua y alimentos en trocitos, pero no los comió. Yo no quería que pasara otra noche en la casa. Creo que mi amo me comprendió, pero su amor por los animales fue mayor, y quería que el pájaro se sanara antes de volver a la naturaleza. Antes de sacarlo de la jaula.

Pero llega la noche. Me escondo arriba de la nevera, cerca del techo, por si tengo que salir huyendo. Escucho alaridos que vienen de afuera de la casa. Son los mismos de los monstruos que llegaron la primera vez. Pero, en esta ocasión, parecen llamados de clemencia. Como si fueran padres buscando a sus hijos pequeños.

Veo sobre las cuerdas del tendedero a dos enormes aves; creo que son su papá y su mamá quienes vienen a buscarla. Entonces comprendo todo. Y ya no les temo. Se ven majestuosos, dueños de la noche. Pedrito también los ve. Me mira como quien consulta algo. Abre la ventana y la jaula. La pequeña ave sale volando hacia el tendedero. Una vez juntos los tres, dan una vuelta sobre el patio, como agradeciendo a Pedrito su cariño. Escuchan a mi amo despedirse, mientras agita su mano, diciéndoles: ¡Adiós, búhos, regresen pronto! Y yo le dije, susurrando, casi en secreto: ¡Ojalá no te hayan escuchado para que nunca vuelvan! Como diría la mamá de Pedrito: ¡Dios mío, no lo permitas!