- domingo 11 de octubre de 2026 - 12:00 AM
El sol alumbraba con gran esplendor aquella tarde. Era el clima perfecto para el paseo hasta el río. El niño avanza ayudando a su madre con el cesto lleno de ropa, se agacha frente a la corriente del río y deposita sobre unas piedras la batea, los bultos que destina a lavar, arroz, aceite, sal, bacalao y una gran paila.
Varios niños y jóvenes juegan en el charco, lanzándose desde una enorme piedra, mientras otros asan pepitas de marañón. El niño aún no sabe nadar, por lo que se entretiene explorando otros mundos.
Un sapo, que se encuentra reposando sobre una rama seca, gira sus ojos húmedos y dice:
—Niño, ve y busca en las piedras. Te necesitan.
El niño camina hasta las piedras. No encuentra nada, hasta que un cherelé, aferrado a una piedra del río, lo mira con sus diminutos ojos y dice:
—Niño, ve y busca en el agua. Te necesitan.
El niño se acerca al río. Primero introduce sus pies, luego avanza hasta que el agua cubre sus rodillas. Ahí, en la superficie cristalina, ve a unas arañas danzantes. Estas elevan sus voces y le dicen a coro:
—Niño, ve y busca en las hojas. Te necesitan.
El niño sale del agua, chapoteando. Camina hasta donde ve unas hojas apiladas al pie de un frondoso árbol, de hojas verdes y lozanas; ahí encuentra a un borriguero y este le dice:
—Niño, ve y busca en las ramas. Te necesitan.
El niño escala con agilidad el tronco del árbol. A medida que asciende, busca entre las ramas que lo ayudan a subir, y ahí ve un nido vacío. Entonces el árbol le dice:
—Niño, ve y busca al ave. Te necesita.
El niño desciende del árbol y la escucha. Pone el oído atento para seguir el suave trino, apenas audible, que la brisa eleva entre sus dedos.
Entonces la encuentra. Se detiene frente a un pequeño pichón que se había caído del nido. Lo toma con sumo cuidado y se aleja corriendo en busca de su madre. Llega a su lado, apenas con aliento para contarle su encuentro.
El polluelo lo mira asustado, rogando con sus oscuros ojos.
—¿Qué crees que quiera el pichón? —pregunta la tierra.
—Debe tener hambre. Le daré de comer.
El niño toma un puñado de arroz de la paila y lo acerca al pico. La pequeña ave no come; en su lugar, su corazón late a gran velocidad.
—¿Qué crees que quiera el pichón? —pregunta el río.
—Debe tener sed. Le daré de beber.
El niño toma un poco del agua del río en sus manos y la acerca al pico. La pequeña ave no bebe; en su lugar, abanica sus alas, estremecido.
—¿Qué crees que quiera el pichón? —susurra el viento.
—Debe tener frío. Le daré abrigo.
El niño se quita la franela y lo arropa para darle calor. La pequeña ave no se apacigua; en su lugar, trina alto y fuerte.
—¿Qué crees que quiera el pichón? —pregunta su madre, con dulzura.
—No los sé. Le he dado de todo. Nada lo consuela.
—Hijo, si te perdieras, te llevarías mi corazón.
—¡Entonces, ya sé qué es lo que quiere! ¡Necesita a su madre!
El niño corre tan rápido como sus pies se lo permiten, atraviesa las piedras, el agua, las hojas. Sube el tronco y llega hasta el nido. Ahí, con sumo cuidado, coloca al polluelo.
Cuando desciende, escucha un revoloteo entre las ramas, junto al nido. Ahí ve a un ave, que le dice:
—Niño, ve y busca en tu camino. Porque niños como tú son los que el mundo necesita.