- domingo 05 de julio de 2026 - 12:00 AM
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Agrega El Siglo en Google ↗️Yo tenía hambre, porque por muy buenos que fueran los mangos, el cuerpo me pedía arroz.
Les dije que tocaba irse, pero en verdad pensaba en un plato con tasajo. Ninguno contestó porque el silencio y un viento frío nos pegaron en la cara.
“Recoge... recoge y vámonos ya!”, gritó Juan. Un relámpago y después otro; echamos a correr. Entonces escuchamos el bramido en la profundidad del bosque; el toro ya venía bajando la montaña, resoplando sobre las copas de los árboles; la tierra se cimbreaba como una culebra macheteada y el río empezó a crecer.
Me caí varias veces; los otros ya no miraban atrás. No me quedó otra que subirme a un árbol; los pájaros volaban en todas las direcciones. Ya no veía a Juan ni al primo.
Pasé horas abrazado al tronco que poco a poco se inclinaba embestido por rocas que arrastraba la crecida; sentía cada golpe en los dientes, pero nunca me solté. ¿Dónde se fue el sol y las risas?
La lluvia me azotaba, perdí las chancletas y le metí uña a la corteza. El toro seguía corneando los árboles y estos flotaban río abajo. Tenía mucho frío, de ese que te cala los huesos.
No supe qué tiempo pasó, hasta que volvió la calma y me encontraron. Dormí tres días y al cuarto me despertó el olor del tasajo. A Juan lo vi en la escuela, pero nunca más al primo... Se fue a estudiar a la capital y no regresó. Él se lo pierde.