[Cuento] El día de la despedida

  • domingo 25 de octubre de 2026 - 12:00 AM

Hace mucho tiempo atrás, un grupo de poetas y escritores nos encontrábamos reunidos en una hermosa ciudad que, según la leyenda, nació a la sombra de un frondoso árbol de higuerón. Aquella noche, entre copas y vinos, dialogamos sobre ese único día al que todos quisiéramos llegar tarde.

De pronto, Mariano atravesó el umbral, desatando un aluvión de emociones. Con su voz profunda, grave, acompañó el poema con el que, sin economía de palabras, advirtió a la muerte que de las cuatro estaciones ninguna era propicia para visitarlo. El mensaje fue directo. Terminamos por desear la inmortalidad sin importar qué tan fuerte fuera el dolor que lleváramos dentro.

Al finalizar la velada, nos retiramos cada quien a su hotel. Yo compartía habitación con Hanna. El clima era agradable. Veinticuatro grados. Ni frío ni calor. Agradable, pero dormir fuera de casa es dormir en duermevela. Al amanecer, escuché como si el reloj hubiese apretado el gatillo: boom. ¡Mi nombre! Alguien pronunció vívidamente mi nombre. Salté de la cama sacada del sueño por una urgencia. Busqué las pantuflas con el tacto del pie, tratando de no hacer ruido.

—¿Qué pasa? —preguntó Hanna aturdida por el estallido de luz.

Con las llaves en la mano respondí: “Es Vera, viene a despedirse —fue la primera persona en quien pensé—. Al abrir, no había ni siquiera un rastro de perfume que me permitiera identificar a quien llamó, porque alguien llamó, de eso estaba segura.

En ese instante me llegó un zarpazo de duda. Con la puerta aún abierta, rectifique, Hanna, no fue Vera.

—¿No? ¿Quién fue?

—No sé —murmuré—. Vera se despidió anoche; ella viajaría de regreso a casa en la madrugada. Voy a llamarla.

—No, no lo hagas, tal vez alguien está muriendo y solo se quiere despedir.

• ¡Ah! ¿qué dice?

• Lo mismo me ocurrió. Te cuento, era una tarde muy calurosa; de pronto, una brisa fresca y mi nombre se colaron por la ventana. Al preguntar, nadie me había llamado. Ese mismo día, sin razón aparente, las persianas temblaron; el tintineo de los cristales se escuchó con claridad. Al día siguiente fue el terremoto; mi mejor amigo falleció. Quizás luchó por despedirse. Quizás no. El abuelo aseguraba que sí.

Quién me llamó y sus razones me resultaban irrelevantes. Lo que me parecía perturbador era la incertidumbre frente a la certeza de haber escuchado mi nombre. En el desayuno, se nos unió Mariano y seguimos platicando sobre el día de la despedida.

—Noo, ¿quién puede asegurar semejante conexión? —bromeó Mariano

—¿Y si fuera verdad? —le insistí.

Entonces Hanna intervino. Mi abuelo siempre nos decía que el día de la despedida la hermana muerte nos muestra que más allá del tiempo se quiebra la nube donde nacen todos los silencios, que después de escuchar un crujido el sufrimiento acaba, que en medio de un destello de luz vuelves a ver a tus seres amados, que puedes besar sus rostros; entonces quieres compartir con ellos la estrella que cuelga en tu pecho, más aún, que tu flor favorita perfuma los senderos por donde caminas. Entonces ya no quieres volver, los invitas a venir, pero ellos ya no te ven, solo escuchan que alguien grita su nombre.