Yo soy
- viernes 20 de febrero de 2015 - 12:00 AM
Ninguna de las dos mujeres respetaba el inicio de la Cuaresma, por lo que se agarraron en el sitio donde compraban el pescado. Empezaron con una agresión verbal, que hubiera enrojecido de vergüenza al más experto usuario del lenguaje soez; luego, se fueron a los puños y terminaron en el piso, sucias y desgreñadas; además, perdieron los peces recién comprados.
‘Yo siempre he dicho que para esta época sale la ‘Tulivieja’, pero nunca había visto que salieran dos’, dijo una mujer que observaba a Fredesvinda y Martina, quienes trataban de arreglarse un poco el peinado y eliminar las arrugas a los vestidos. Varios se reían de esta ocurrencia, pero no pudieron regocijarse mucho porque enseguida llegaron unos tonguitos y subieron a las boxeadoras al patrulla. Las llevaron directo a una corregiduría, donde debieron ambas esperar mucho rato hasta que las atendieran.
Casi tres horas después, entraron al recinto legal y empezaron a acusarse mutuamente. Las dos, sin cambiar una sola palabra, dijeron: ‘ella quiere quitarme a mi marido’. El corregidor las escuchó con una cara de pereza y luego dijo despacio: ‘Por fin, ¿de cuál de las dos es el marido?’.
‘Es mío’, dijo Fredesvinda y lo mismo respondió atropelladamente Martina. La autoridad tuvo que mandar a buscar a un policía porque las mujeres estaban a punto de empezar otra cartelera. ‘Por fin, ¿cuál de las dos tiene algún documento que me pruebe que es la esposa del fulano?’, preguntó el corregidor, pero ninguna pudo mostrar nada, por lo que el primero decidió mandar a buscar al susodicho para que viniera a decir cuál de las dos era la legítima. ‘Yo soy’, decía una y ‘yo soy’, repetía la otra, hasta que el de la Ley les anunció que necesitaba que el caballero, motivo de la discordia, se presentara al despacho. ‘¿Qué le va a hacer a mi esposo?’, preguntó Fredesvinda alterada. ‘Lo voy a partir en dos, como el rey Salomón, y le daré la mitad a cada una, ¿cuál parte quiere usted?’, contestó el hombre, y las mujeres soltaron el llanto. Se contuvieron cuando el corregidor les aseguró que era una broma, pero que sí necesitaba que le dieran la dirección del que les movía el piso para mandarlo a buscar. Las mujeres titubearon y dieron varias direcciones, por lo que el corregidor se cansó y las dejó solas. ‘Regreso cuando se pongan de acuerdo para decirme dónde puedo encontrar al cabrón ese que las pone a pelear como animales’, les dijo y regresó minutos después; entonces, ambas le dieron un pedazo de papel en el que anotaron la dirección de Melitón, el causante de la pelea.
No fue difícil para los policías encontrar al bello, quien, al igual que a su madre, se le aflojó el ánimo apenas los vio bajar. Enseguida dijo ‘yo no tengo nada que ver con lo que pasó ayer, los de eso fueron Beto y Polocho’. Cuando supo por qué lo buscaban los tongos se arrepintió de haber cantado, pero ya era tarde. En un segundo se formó una batahola infernal en el barrio, llegaron más policías y peinaron el área, buscando a los implicados en un suceso fuerte recién ocurrido. Sacaron a los dos sospechosos de debajo de una nevera vieja. ‘Dile a Melitón que tiene sus días contados, aunque se meta debajo de las piedras’, dijeron los malandros cuando los subieron al patrulla, de manera que, apenas Melitón le aclaró al corregidor que ninguna de las dos contrincantes era su mujer, quedó en libertad, pero tuvo que poner tierra de por medio, bien lejos, para que aquellos no cumplieran su amenaza. No quiso llevarse ni a Fredesvinda ni a Martina, quienes quedaron desconsoladas y solas, aparte de que también tuvieron que mudarse, porque la madre de Melitón se propuso hacerles la vida de cuadritos en venganza porque, por culpa de las dos, el hijo fue sentenciado por los delincuentes.