La viuda que no podía

Quienes asistieron al funeral de Antonio, siete años atrás, sintieron un nudo en la garganta cuando oyeron y vieron a la viuda Domitila ...
  • viernes 25 de octubre de 2013 - 12:00 AM

Quienes asistieron al funeral de Antonio, siete años atrás, sintieron un nudo en la garganta cuando oyeron y vieron a la viuda Domitila llorar sobre el cuerpo inerte. Muchos, los faltos del menor conocimiento de urbanidad y que son los que nunca faltan en un sepelio, se abrieron paso a codazos y empujones para situarse lo más cerca del féretro y oír la promesa que, según anunció la madre del muerto, haría la viuda. Tres veces intentó Domitila pronunciar la promesa, pero le fue imposible, caía transida de dolor pese a que la madre doliente la apremiaba: tienes que hacerlo, tú fuiste y serás su mujer por los siglos de los siglos, él no puede irse sin que tú le hagas ese juramento. Hay que apurar esto porque miren la nube negra allá en el cielo, dijo una piadosa dama y fue en ese momento que Domitila se volteó otra vez sobre la caja mortuoria y dijo en voz muy baja unas palabras que casi nadie entendió. Unos cuantos, entre ellos Filiberto, el dentista del pueblo, solo la oyeron decir ‘nunca más’ antes de que un grupo de hombres y mujeres la sacara en brazos casi muerta de pena. Ella no sabe que nunca más es mucho tiempo, que nadie aguanta esa espera, comentó más tarde el hombre de las pinzas.

Fue esa misma tarde que Domitila supo que ella había ‘muerto para el mundo’, cuando agobiada por el calor quiso abrir la puerta y su suegra se opuso rotundamente recordándole que debía mantenerse guardada. ‘Recuerda que ya tú no puedes’, le dijo en tono severo, y siguió repitiendo la expresión cada vez que ella intentaba seguir la vida. ‘Ya tú no puedes’, le aseguró al verla ponerse una ropa ligera. Tú eres viuda, le confirmó cuando ella dijo que iría a la tienda a comprar un litro de leche. Habían pasado varios años, cuando las ganas de vivir vencieron a la pena, y Domitila decidió salir a trabajar y su suegra se opuso rotundamente. Tú no entiendes que tú no puedes, tú eres viuda, yo puedo darte todo, no tienes necesidad, etc., etc., repetía descompuesta la mujer, que la vigilaba día y noche y no le había permitido regresarse donde su familia.

Aquí te dejó mi hijo y aquí te quedas hasta que te toque tu turno de partir, repetía la mujer y Domitila obedecía, pero el tiempo, que guiado por Dios va sanando las penas del alma, empezó a hacer su trabajo y una tarde ella sintió el apremio de la carne. Aprovechó que la suegra dormía y salió a caminar por las calles del pueblo a ver la vida y la gente que sí estaba viva.

Fue en ese caminar que se encontró con Filiberto, quien la saludó con cortesía extrañado de no verla en tantos años. Creí que se había mudado, le dijo él. No, solo que no salgo porque mi suegra no me deja, contestó ella tímidamente y se echó a llorar en los brazos de ese hombre que no supo qué hacer, salvo estrecharla y esperar que se agotara el llanto. Así los encontró la doñita y a empujones se llevó a Domitila para la casa. ‘Ella no puede, oyó’, le había dicho al doctor, y siguió con la misma cantaleta hasta que llegaron al hogar, donde Domitila encontró valor y le anunció que se iba.

Tú no puedes, es que no te acuerdas de la promesa que le hiciste a mi hijo muerto, es que no lo recuerdas, repetía desesperada la señora, pero ya Domitila estaba llena del recuerdo de los brazos del médico y le repitió que se iba. ‘Tú no puedes, tú no puedes ya’, repetía la señora y cerró la puerta para impedir que la viuda saliera. Primero muerta, decía la madre, pero no pudo impedir que Domitila burlara su vigilancia y saliera por la puerta de atrás.

Te vas como los ladrones, gritaba, pero no pudo detenerla. Eso sí, salió solo con lo que llevaba puesto. ‘Tú eres viuda, tú no puedes’, le gritó la suegra hasta que la vio perderse al final del camino.