Vieja, pero viva
- jueves 12 de julio de 2012 - 12:00 AM
‘Un real por cada cana sacada’, era la oferta comercial que le hacía Luis a sus tías, quienes acogían con gracia la iniciativa del niño y se ponían en sus manos para que este las ayudara a ir escondiendo los años. Fue así como él aprendió a conocer las debilidades femeninas, por lo que ya adulto se destacó por su habilidad para vivir a costilla de las mujeres. No le gustaba involucrarse con mayores de 45 años, porque esas quieren enamorarse y complican todo.
Le bastaba, para estimar la edad de las damas, verlas subir escaleras, y como vivía frente a un paso peatonal, casi que podía determinar los años de cada una de las mujeres del barrio. Pero la experiencia le jugó una mala pasada cuando al barrio llegó Rosángel, una interiorana acostumbrada a bañarse con agua de quebrada, a dormir temprano y a caminar varios kilómetros por caminos disparejos, por lo que ni su cara ni su cuerpo mostraban el medio siglo de vida que ya le coqueteaba abiertamente. La había visto en el minisúper del chino comprando víveres y le pareció, tras un examen visual, que tenía buenas formas, el cuerpo duro y una cara picarona, como invitando a cosas prohibidas. Trató de meterle conversación, pero ella estaba entretenida con su celular y no le paró bola. La indiferencia de ella le picó el orgullo, por lo que decidió enamorarla para sacarle la platita que, según las vecinas cuenteras, había traído del interior.
La vio subir el puente elevado: lo hizo con rapidez, sin ese afirmar doloroso de las que ya acusan en las rodillas el paso de los años.
La interiorana está a pedir de boca: madura, pero no vieja, buenas pechugas, melonzones, cara agradable y platita de ganado para pagar, se dijo cuando la vio alcanzar sin vacilar el último escalón del largo puente.
‘Prima, aproveche que anda por acá y dese su remojadita, que cuando usted regrese al interior nadie lo va a saber, los hombres de acá no tienen boca de puta como los de allá, que cada caricia que dan al día siguiente la pregonan’, le decía la pariente a Rosangel, quien aceptó una salidita con Luis.
Acordaron ir a tomarse unos tragos antes de los otros menesteres, pero el lío se les formó casi que enseguida, al bajar del taxi. Ella bajó primero y se desentendió del pago del pasaje, pensando que era la invitada, cosa que enfureció a Luis, acostumbrado a no meter la mano en su cartera para sacar, sino para guardar.
Malhumorado por haber tenido que pagar la carrera entró con ella a un bar, donde se tomaron su par de tragos, él, como siempre y creyendo que no los tendría que pagar con su plata, pidió los más caros. ‘Ya quiero irme’, le dijo Rosángel cuando apenas iban a ser las once de la noche.
Pero de aquí vamos a otro lado, le preguntó él, pensando que la interiorana sería un bisté de dos vueltas. ‘Otro día’, contestó ella seria e insistió en que ya se iba.
Luis llamó al mesero, quien le extendió un papel con la cuenta, que él enseguida le pasó a Rosángel.
Fueron unos tres minutos de silencio. Y esto pa’ qué, preguntó ella. Es la cuenta, dijo Luis.
Pague entonces, pues, que me quiero ir, fue la respuesta de ella.
Eres tú quien tiene que pagar, contestó él casi que disgustado.
¿Yo?, usted invitó, usted paga, contestó Rosángel y se levantó dispuesta a salir del local.
Cómo que te vas sin pagar, le dijo Luis agarrándole el brazo.
Jamás en mis 52 años le he pagado un trago a un hombre y no será usted el primero, dijo ella y se le zafó alcanzando en dos zancadas la puerta mientras el mesero discutía acaloradamente con Luis que se negaba a pagar. Tuvieron que venir dos de sus tías, las mismas de las canas de antaño, ahora sí derrotadas del tiempo y con la cabeza totalmente blanca, a pagar la cuenta para que la Policía no se llevara al sobrino detenido.