Vacas por tetas

Todo iba bien entre los novios, Lucho la llevaba a pasear, a comer y a comprar checheritos
  • viernes 27 de marzo de 2015 - 12:00 AM

Todos sabemos que los afanes del sexo, al igual que la muerte y la vida, deambulan por todos los caminos y hacen coincidir las más extrañas circunstancias para que un hombre y una mujer se disfruten. Convencido de esta realidad andaba Lucho, quien desde niño registró en su mente a la mujer de sus sueños: una damita con senos abundantes, cintura fina, nalgas redondas y piernas torneadas que él no anhelaba ver ni tocar, sino separar.

Cansado de la falta de mujeres que llenaran sus expectativas viajó a la capital a ver si encontraba por acá lo que no había podido hallar en su campiña, allá en las honduras de El Chirriscazo. Estaba casi que recién bajadito de la chiva cuando conoció a Glenys, una caché bombita que no tuvo reparos para hacerlo soltar un billete en un restaurante. La dama caribeña casi que encajaba con el pedido de Lucho, solo le faltaba un poquito de frente. ‘Eso no es problema, muchacho, mándemelas a poner’, le dijo ella cuando entraron en confianza, y se cumplió su deseo porque el interiorano mandó a vender varias reses y pronto reunió el dinero para terminar de perfeccionar a la linda Glenys, quien ya le había dado palabra de que se iba con él para el interior a ayudarlo a cuidar el ganado y a hacerlo feliz.

Todo iba bien entre los novios, Lucho la llevaba a pasear, a comer y a comprar checheritos, pero la noche anterior a la operación él se antojó de saladito y ella accedió emocionada, porque el interiorano le dijo que sería ‘mirando al payaso y soltando la risa’. ‘Apenas usted suelte, yo suelto’, dijo la bella y se fueron agarraditos de la mano a buscar un refugio. Ella iba pensando en los verdes mientras Lucho soñaba con el color negro y en su mente se dibujaba una montaña oscura, espesa, intrincada como la selva darienita, una enredadera de hilos de la tonalidad de la noche que protegía esa partecita carnosa que él empezó a añorar desde que cumplió diez años, cuando su padre, ya fallecido, le trajo una madrastra que le obsequió su primer par de zapatillas.

Seguía pensando en la maraña azabache mientras la hermosa, para calentar el ambiente, le bailaba un son de su patria. La emoción se le fue al piso cuando ella dejó caer la diminuta prenda que cubría su cuerpo y quedó al descubierto su cuerpo liso, brillante y de curvas para quitarle el sueño a cualquiera. ‘¿Y dónde están los pelos?’, preguntó Lucho alarmado. Esos pelos no hacen más que estorbar, contestó ella y se le acercó insinuante, pero él la rechazó con fuerza, terriblemente desilusionado. La decepción se le transformó en rabia y gritó que así, peluncha, le daba asco, por lo que no habría trato ni plata. ‘¿Cómo que no, carajo, cómo que no?, usted me da esa plata porque me la da y me la da ya, coñazo’, repetía ella enfurecida también.

‘Usted lo que es un cochino y un hombre del siglo pasado, un animal, puerco, no sabe que eso es aseo y salud, cochino’, le gritó ella. Cualquier insulto admitía Lucho, menos que le dijeran cochino, por lo que se puso el zapato que se había quitado y caminó hacia la puerta.

‘Usted no se va hasta que no me dé la plata para mis tetas’, amenazó ella y se plantó impidiéndole la salida, pero se impuso la fuerza masculina y pronto empezaron a forcejear y a gritar. La bulla atrajo a la seguridad del lugar que los obligó a salir. En la calle reanudaron la disputa, pero Lucho subió a un taxi y la dejó sola. Ya en la chiva, de regreso a su pueblo, casi se le para el corazón cuando recordó que había sacado la media vieja en la que llevaba la plata y la había puesto en la peinadora del lugar aquel, y en el afán de salir olvidó recogerla. Llegó a su tierra al atardecer, sin vacas y sin la mujer tetona.

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Pedigüeña: Vende todas tus reses si quieres mujer bonita.

Deseo: Que tenga piernas gordas, no para verlas ni tocarlas, sino para separarlas.