- martes 28 de noviembre de 2017 - 12:00 AM
Abigail quedó con el ojo chiquito cuando vio en las redes a su rival Carolina ataviada con una hermosa pollera marcada, pero la leyenda casi la mata: ‘La pollera es regalo de mi amado esposo Javier'.
Enseguida marcó el número del amante para bombardearlo, pero aquel mantenía su celular apagadito en las horas prohibidas, y eso lo sabía Abigail, quien en varias ocasiones lo había amenazado con dejarlo para siempre si no cambiaba esa mala costumbre. Pero las advertencias no hallaron terreno fértil y aquel se mantuvo con los oídos sordos, y a ella no le quedó otra que aceptar que la comunicación con Javier no era tiempo completo. Respiró profundo y se armó de paciencia para esperar el lunes a las ocho de la mañana y darse gusto reclamándole a Javier, que ese lunes llegó al trabajo más cabreado que nunca, porque su hígado ya daba muestras de perder sus habilidades para enfrentarse a las pintas, así que cuando, a las 8:01 de la mañana, entró la llamada, contestó malhumorado ¿qué pasa?
‘Qué pasa de qué, cómo me contestas así, con esa piedra, si solo deberías decirme palabras de perdón, de disculpas, de consideración conmigo que siempre estoy en la sombra, escondida, en el anonimato, recibiendo las migajas, tuve que rogarte para que me compraras una blusita típica, pero a esa infeliz le compraste una pollera de las caras, y yo qué', gritaba Abigail llena de dolor y de envidia. Y le cayó el balde de agua fría, porque Javier tuvo que cerrarle y dejarla hablando sola: su jefe entró y bastó una mirada para recordarle que estaba prohibido hablar por celular en horas de trabajo, mucho menos en las primeras horas del lunes.
Aunque varias compañeras trataron de convencer a Abigail para que no fuera al trabajo de Javier a reclamarle ‘en persona', ella estaba fuera de sí y su razonamiento andaba igual, de manera que se fue, en un taxi, porque el desánimo y la ira la imposibilitaban para manejar. Llegó descompuesta y desde la entrada le hizo saber al seguridad que ni el mismo jefe le impediría entrar hasta la oficina de Javier a ponerlo en su lugar. Y se disparó hacia allá, pasando de largo por la recepción, indiferente a las recepcionistas que, temerosas de perder sus puestos, olvidaron sus educadas voces y la llamaron a gritos para impedirle que continuara avanzando. Una de ellas, viendo tambalear s u trabajo, corrió y la alcanzó, pero duro es ganarle la pega a una mujer celosa, y de dos intentos, Abigail se le soltó a la recepcionista y entró a la oficina de Javier llamándolo a gritos. Al hombre, que estaba enfrascado con los compañeros trabajando en una conciliación, le llovieron los reclamos coronados por la amenaza: ‘Me compras una pollera legítima ya, antes de que termine este mes, una idéntica a la de esa, o te dejo para siempre'.
‘Ubícate, Abigail, ubícate o soy yo el que te dejo para siempre', fue la respuesta de Javier, quien la agarró por un brazo y la sacó de su trabajo, dispuesto de verdad a dejarla, cansado de que ella pasara los días revisando las redes de su esposa para luego reclamarle lo que allí veía. No volvió a llamarla ni a escribirle en varios días, y cuando ella lo llamó le contestó secamente: ‘Yo no quiero saber más de ti, olvídate de lo pasó entre nosotros, eso es historia'.
Dos días duró el duelo de Abigail, quien se levantó tras las 48 horas sin comer ni beber, pero con una enigmática sonrisa de triunfo que llegó a su máxima expresión cuando subió a sus redes todas las fotos que se había tomado junto a Javier, hasta las más íntimas, toditas, la historia completa de una infidelidad en fotografías. Lo hizo porque sabía que Carolina también le revisaba sus redes. La publicación provocó un infierno en el hogar de Javier, a quien el susto casi lo borra del libro de los vivos, dejándolo clarito en que poner cachos es deporte para machos.