Tres en el ‘push'

A los compañeros de Fermín no se les pasaba una, y fueron poniéndole pecho y mente a la abundancia de comida cara que este llevaba a diario.
  • miércoles 18 de julio de 2018 - 12:00 AM

A los compañeros de Fermín no se les pasaba una, y fueron poniéndole pecho y mente a la abundancia de comida cara que este llevaba a diario.

‘Compa, usted sí come bueno, chuletonas, bistés XXL, lomito rico, camarones, langostinos, seguro que se ganó la lotería y ni a una chicha de maracuyá nos invitó', le decían, pero Fermín calladito como si tuviera un zíper en la boca.

Unos días después de esta reprimenda les contó que su esposa Astrid ganaba en cada sorteo y que igual suerte corría si se asomaba por los casinos, por lo que él había dejado de reclamarle cuando ella llegaba a medianoche, porque ya estaban a punto de terminar unos cuartos para alquilar, construidos a punta de plata del casino o de la Lotería.

Los compañeros se alegraron de la buena racha de Astrid, pero cuando Fermín les contó que su mujer le había pegado un tucazo a la lotería, estos carraspearon y negaron con la cabeza, gesto del que Fermín ni cuenta se dio porque estaba ocupado en describir el carro que su mujercita se compraría con el producto del golpe a la Lotería.

‘El sábado le entregan su nave, ya me prometió que cualquier rato me la presta y me los llevo a todos ustedes a recorrer la ciudad', dijo el marido de la ganadora y se fue.

‘Esa anda metida en algo feo, pobre Fermín si se la atrapan pronto', dijeron los amigos desconfiados, y comenzaron las conjeturas que cogieron fuerza cuando aquel les contó que estaba de pelea con Astrid porque ahora salía sola todas las noches al casino y, lo peor, le había caído una mala racha, regresaba medio muerta de cansancio y de sueño, y ya no quería nada de nada con él.

‘La próxima vez que diga que va para el casino, métase al carro y adviértale que de ahí no lo baja nadie, y a quien lo intente le corta la cabeza, no coma más cuento, Fermín, aquí hay un gato negro y grande encerrado con una gata blanca', le dijeron los amigongos, y esa noche, cuando Fermín oyó a Astrid bañándose para salir, le gritó: ‘Voy a pie al minisúper a comprar leche, si no llego antes de que te vayas, me sacas mi piyama de esta noche'.

Y a la velocidad de los malos pensamientos, abrió el carro, trajo de vuelta la llave y la puso donde su mujer la tenía y desapareció.

Ningún vecino lo vio entrar al carro de Astrid ni nadie supo que se había acomodado en el asiento trasero. Allí estaba cuando su mujer subió y se fue, ignorante de que su suerte en el casino estaba a punto de desaparecer.

Cuando subió Cornelio tampoco lo vio ni lo presintió cerca, el hombre entró y llenó de besos a Astrid, quien le pidió que manejara. ‘Pero si ya estamos llegando al push', argumentó aquel, pero lo dijo al tiempo que se bajaba para cambiar de puesto, y fue en ese momento que le pareció ver una sombra, como algo pesado y amorfo que se movía de atrás hacia adelante.

Pensó que era la sombra de los caminantes y siguió, pero tuvo que parar enseguida porque había una ronda policial pidiendo licencia.

Antes de que el policía llegara al carro, ya Cornelio tenía la licencia en la mano. El otro la examinó, pero, al devolvérsela, fijó la mirada en la parte trasera y vio el bulto.

Lo alumbró con su linterna de mano, y Fermín gritó: ‘Auxilio, me tienen secuestrado, quieren matarme, ayúdeme'. Astrid no pudo lidiar con la ira que la enmudeció, tampoco pudo responderle al amante que airado le preguntaba cómo se había metido ese loco ahí.

Fue muchas horas más tarde, cuando llegó su abogado, que supo que el hombre misterioso era el marido de Astrid, a quien no pudo quitarle el carro, porque ella no se arriesgó y todo lo puso a su nombre. ‘Lo nuestro ya no funciona', le aseguró a Fermín que tuvo que irse de la casa porque no aguantaba verla todos los días sabiendo que se lo daba a otro.

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Tonto: Mi mujer va a quebrar la Lotería.