A todo puerco gordo le llega su San Martín
- jueves 29 de diciembre de 2011 - 12:00 AM
A bigail llevaba quince años sometida a una dictadura conyugal, en la que Luis, su marido, la hacía víctima de una evidente infidelidad y luego regresaba a la casa con un cuento ‘chino-japonés’ que ella terminaba por creer y luego todo volvía a la normalidad. Durante ese largo tiempo de congoja, Abigail lo había amenazado doscientas veces con que se iba de la casa, pero el asunto no pasaba de eso, advertencias, lagrimitas y caronas por unos cuantos días.
Esa mañana cercana al fin del año, Abigail andaba sola, como siempre para esta época, comprando el pavo y otras cositas para la comida de Año Nuevo. Y como era común, gracias a su cara bonita y a su cuerpo de curvas perfectas, recibió un tarrantantán de piropos que fueron el empujoncito para que decidiera irse de la casa ese mismo día.
Regresó apresuradamente a meter cosas en bolsas y cajetas, mientras Luis, el machazo infiel, recorría los centros comerciales comprándole cuanto se le antojaba a su amante. Y la acompañaba de buena gana, sonriente, con una actitud distinta a cuando salía con su esposa e hijos, a los que encarado exigía comprar en el primer almacén, y hacerlo rápido, de lo contrario estallaba en ira exhibiéndolos ante la muchedumbre que los miraba compasivamente.
Cuando Abigail tuvo la mudanza lista se percató de que no tenía dónde transportarla. Salió a la calle dispuesta a conseguir cómo fuera un camión para llevar sus chécheres, porque es ahora o nunca se repetía para no flaquear en la decisión. Y se topó con Lolo, quien no tenía camión, pero sí muchas ganas de sus descomunales senos. ‘Deme una hora, linda, y tenga la seguridad de que yo le resuelvo’, le dijo él. Sesenta minutos y 49 segundos después regresó Lolo, con camión y ayudantes. En poco tiempo subieron la mudanza ante la mirada morbosa de Abigail, quien no podía dejar de admirar esa megafuerza de Lolo, que con una sola mano y sin mayor esfuerzo subía lavadora y muebles pesados. Cuando todo estuvo sobre el camión y ya solo había espacio para los escuálidos ayudantes se percataron de que no habían subido la refrigeradora. Lolo sugirió bajar todo y empacar otra vez, pero Abigail dijo que no, que la dejaran allí.
Y allá, en el centro comercial, la amante de Luis se encorajinó porque a este no le alcanzaba para comprarle un vestido carísimo, por lo que allí mismo, como hacía él antaño con su familia, lo exhibió, lanzando a diestra y siniestra los paquetes de las compras. En un minuto se formó una rebatiña de la que Luis no pudo salvar nada, excepto la bolsa del pavo recién comprado que tenía en la mano. La amante, tras gritarle que era un muerto de hambre, se perdió entre la multitud curiosa. Tras mucho llamarla infructuosamente al celular, decidió, ya que no le quedaba otra, regresar al hogar, y mientras manejaba hacia su casa armaba el cuento chino que le echaría a Abigail. Bajó la pesada bolsa del pavo y abrió repasando el cuento chino.
Se le revolvieron todas las vísceras cuando comprobó que ya no tenía familia ni muebles, solo una casa vacía donde lo único que había era una refrigeradora donde guardar el pavo de su examante.
Cuando tuvo plena conciencia de lo que había ocurrido, empezó a darse cabezazos contra la refrigeradora hasta caer al piso, al lado del pavo.
Y el gran machote, que injurió a esposa e hijos, no volvería jamás a pararse.