Tierno o salvaje
- domingo 31 de marzo de 2019 - 12:00 AM
A diario, Enrique repetía una frase muy panameña: ‘dale con todo, a ellas les gusta la rudeza', esto, según él, significaba poner todo el ímpetu y el empeño en la cama para eliminar la posibilidad dejar insatisfecha a la dama o, lo peor, que ella quedara con ganas de experimentar en otros brazos. En cada encuentro, él entregaba todo, sin fatiga ni mezquindad. ‘A las mujeres les gusta que uno les dé duro y con todo', repetía, pero lo cierto era que llevaba tres matrimonios e igual cantidad de abandonos, las esposas se le iban con otro o preferían regresar al hogar paterno.
Los tres fracasos le bajaron la autoestima y decidió quedarse soltero para siempre, pero cambió de opinión apenas Shirley le dio el número de celular; un amigo le aconsejó que cambiara de táctica sexual y que en la intimidad dejara de portarse como un huracán y que eso lo sustituyera por una brisa suave.
‘Es que no puedo, yo voy con todo', le dijo al consejero, pero este le recordó que las mujeres son muy sentimentales y que les gustan los cariñitos y más las que apenas están comenzando, como Shirley. ‘Eso es verdad, fíjese que yo creo que ella todavía es señorita, mírele las caderas, están cerraditas', contestó Enrique entusiasmado. Y tomó la decisión que lo perdería. Cuando llegaron al hotel le preguntó a Shirley si quería ver una película antes o escuchar música, pero aquella lo abrazó por la cintura y le recordó que ‘la mujer es como el pan, hay que comerla caliente, porque si se deja enfriar ni el diablo le mete el diente'. ‘Yo fría no funciono', decía la bella, y Enrique le acarició el cabello aún oloroso al tinte, luego le quitó la ropa con lentitud de vieja, después la miró desnuda sin ceder a los pedidos de ella, que le gritaba mientras le ponía dos tetas grandes en la cara ‘muérdelas, baja esos pezones'.
Enrique los bajó, pero con lentitud y suavidad, y con esa misma medida demostró su talento en la cama. Salieron del hotel dos horas después, pero Shirley no volvió a contestarle ninguna llamada; algunos dijeron haberla escuchado decir que a ella le gustaban los hombres rudos y machos, que esos que lo hacen con mucha ternura y delicadeza son medio maricones.
El nuevo sinsabor dejó a Enrique muy desilusionado; pasó varios años en soltería absoluta hasta que el destino lo puso en una fiesta en la que conoció a Teresa, quien no era mujer de rodeos ni de medias palabras: ‘Si andas buscando quien te caliente, entérate de que estoy dispuesta, pero eso sí, es ‘mirando al payaso y soltando la risa', yo necesito alguien que me ayude con los gastos y tú necesitas sexo, supongo que estás dispuesto a pagar, yo, además de c… ofrezco cariño y fidelidad…'.
Quedaron en el hotel casi al amanecer, esta vez, para evitarse un disgusto, Enrique le preguntó a Teresa cómo le gustaba hacerlo, si suavecito o arrebata'o. La mujer lo miró y le lanzó el panti a la cara mientras decía: ‘No te entiendo, muchacho, cómo así, ustedes son complicados hasta para una cosa tan sencilla'. Esta vez fue Enrique el que se quedó pensativo mientras olía la fragancia más íntima de Teresa, quien le dijo: todas las mujeres tenemos un olor diferente, no hay dos en todo el mundo con un aroma igualito. ‘Así mismo es, pero dime cómo te gusta hacerlo, te doy con todo o te doy suavecito', le preguntó Enrique sin dejar de oler la prenda.
‘Combina'o, dele combinando las dos formas', expresó con voz sensual la mujer, quien tomó la mano de Enrique y la puso en el trasero de ella mientras le decía: Dele como le guste a usted, que el que paga manda, además, este maletero mío tiene muchos viajes, ha aguanta'o de todo y nunca se ha roto ni se le ha salido un viento.
Enrique le dio con todo, lo que enamoró a Teresa, pues no quiso cobrarle y decidió quedarse con él para siempre…