- viernes 31 de mayo de 2019 - 12:00 AM
Ni en la vejez se salvaba el pobre Fidel de los celos de Eneida, que en los 45 años de matrimonio se había dado gusto martirizándolo, a él le aplicaban el refrán: Quien se casa con celosa vive el purgatorio en vida. Los celos sin fundamento atormentaban a Eneida porque solo ella sabía de qué mañas se valió para que Fidel fuera su marido.
Una tarde en la que regresaba de la casa de su novia, Yadira, a la que amaba y con quien tenía planes de matrimonio, al pasar frente a la casa de Eneida, oyó gritos de auxilio y hacia allá se encaminó en dos zancadas. La halló llorando a lágrima viva y ella, al verlo, se le abrazó y le contó que estaba sola porque los padres y los hermanos andaban por el velorio de doña Cleta, y que el motivo de su llanto era una víbora vista debajo del mueble de la tinaja.
Como un campesino de los auténticos, Fidel buscó el reptil para matarlo, pero tras una hora y veinte minutos concluyó que el animal habría huido y dijo que se iba, porque ya se oía el rumor de un aguacero de esos que son comunes en la región montañosa de El Chirriscazo. Lo dicho renovó el llanto de Yadira, quien se paró en la única puerta del rancho impidiéndole salir; tras varios minutos suplicándole que se quitara, Fidel trató de apartarla de la puerta de cuero, y en el intento, ella lo besó en la boca y, más rápida que la misma liebre, quedó desnuda frente a él, que no pudo resistir la vista de los pechos virginales y que todavía no adquirían su forma definitiva. Quiso luchar, pero llevaba toda su vida en hambruna sexual, porque como a la novia la amaba de verdad, no le exigía otra caricia más que tomarle la mano mientras reunía los reales para la fiesta del casorio y entonces sí podría darse gusto con el cuerpo de Yadira.
La fidelidad propia del enamorado resistió hasta que Eneida le puso un seno en la boca, lo que significó el fin para Fidel, quien acogió gustoso la teta que le ofrecían y no pudo parar. Perdió la conciencia quitando todos los sellos que Eneida tenía, y cuando terminó el enfrasque recostados a la piel de la res fallecida, fue cuando él tuvo conciencia de la magnitud del hecho, y le rogó a Eneida que no se lo dijera a nadie, pero ella le contestó: ‘No, mi hijito, no le prometo lo que no voy a cumplir, ahora le toca a usted hablar con mis padres para que nos casemos antes de lo que se persigna un ñato.
Pasó insomne la noche entera, a las seis en punto, cuando aún peleaban la luz y las sombras, oyó que lo llamaban, supo enseguida que eran los padres de Eneida, quienes la trajeron a la muchacha junto con dos motetes de ropa. ‘Ya es suya, aquí se queda y que Dios los bendiga', le dijeron, cambiándole por completo su vida. Esa misma tarde le llegó la noticia de que Yadira se había ido del pueblo, y eso le causó un dolor tan profundo que no pudo evitar el llanto. Fue de no creer la escena de celos que le armó Eneida ese mismo día, y los celos fueron sus compañeros inseparables.
Tuvo que esperar 45 lunas para volver a verla, en un programa de televisión en la que ella participó en un concurso de canciones de amor. No pudo evitar levantarse y correr al aparato y tirarle mil besos, lo que enfureció e Eneida, quien también reconoció a su rival y reverdecieron los celos. ‘Te largas de esta casa ya', le gritó a su marido, que no dudó en cumplir el pedido, y una hora después salió del hogar dispuesto a tocar muchas puertas hasta encontrar a Yadira en el pueblo donde dijo que residía. Atrás quedó Eneida convencida de que ‘adonde el corazón se inclina el pie camina'.