El ex señorito (parte II)
- jueves 14 de julio de 2011 - 12:00 AM
La vétera sirvienta de la familia Guitadelmar Casanova De La Paz ni siquiera lo consultó con los dueños de la casa. Delfina del Monte llamó a sus parientes en Los Pollos de Río Hato para que le mandaran a una de las sobrinas con la excusa de que ya estaba sintiendo el peso de los 67 años y necesitaba una ayudante para atender a los patrones. Solo pidió tres requisitos: que estuviera avispada, que no llegara a 18 años y que fuera la sobrina con las tetas más grandes de Río Hato, lo que ya era el sello de las mujeres de la familia. Nunca sus familiares supieron la razón del extraño encargo.
Cuando la niña Patricia llegó a la ciudad, fue que lo comunicó a los patrones, quienes no vieron nada de malo en que la propia Delfina reclutara a su sucesora.
Patricia era una réplica de su tía Delfina a los 17 años, pero versión mejorada. Era una mulata de piernas macizas y gruesas, nalgas respingadas y abultadas que hacían contrapeso a sus mamas imponentes. Por encima de cualquier blusa se veía, justo en el medio de cada seno, una protuberancia permanente, del tamaño de la mitad de un dedal.
Cuando ya Patricia estuvo instalada en el apartamento de sus patrones en Paitilla, Delfina se tomó su tiempo para pulir a la sobrina en las artes de seducir, amar y callar. La misma tía le recosió el uniforme de empleada a Patricia: las faldas caían a pocos centímetros del pliegue de los enormes glúteos y el escote quedó a reventar por la presión del par de monumentos.
La amplia habitación de Fernandito se iluminaba cada mañana con la presencia de Patricia en su indumentaria erótica.
—Buenos días, señor Fernandito, ¿qué se le antoja comer?, —le decía la nueva mucama.
—Lo que se te antoje a ti Patricia, —le respondía el señorito. En un abrir y cerrar de ojos, ella volvía a entrar con un desayuno imperial. Casi siempre, los primeros bocados que probaba Fernandito eran los que Patricia le daba con su propia mano. La joven empleada lo mimaba como si el heredero de los Guitadelmar Casanova De La Paz fuera un bebé de brazos y con eso se ganó su confianza. Hasta intentó ocuparse de la higiene personal del joven.
Al poco tiempo, parecían haberse conocido desde niños. Él se sintió tan cómodo con Patricia que llegaron a ser mutuos depositarios de inéditas confidencias. Ella no solo era la primera que, cada día, llenaba el vientre del joven patrón, sino que también fue la primera en alimentar su libido. Le contaba los detalles de sus primeras travesuras sexuales en los parajes de las playas de Farallón.
Con la impecable instrucción de la tía, Patricia supo cómo, con mucha prudencia, descubrir la razón de la prolongada virginidad de Fernandito.
El pela’o estaba acomplejado desde que descubrió que llegó tarde a la repartición de longitud fálica. En la secundaria, cuando todos los varones de su salón tenían que empelotarse para luego ponerse el uniforme de Educación Física, Fernandito dejaba al descubierto su perinola de querubín, la que era motivo de las burlas más crueles. Pero la marca de la humillación se grabó en su memoria cuando un compañero le gritó en el atestado gimnasio de la escuela: ‘Fernando tiene pipí de pitufo’. De inmediato, estallaron las carcajadas de los colegiales, hombres y mujeres, que —siete años después— seguían siendo la razón de que nadie, aparte de él, hubiese visto su pálido suspirito.
Una mañana, con una sabiduría campesina, ella lo convenció de que natura nunca deja desprovisto totalmente a nadie y que, si el patrón se dejaba, ella podía descubrir cuál era la compensación, hasta ahora desconocida, que le dejaron a cambio. Él, con su inocencia veinteañera, se dejó encausar, al punto que sin siquiera darse cuenta intercambiaron los roles: ella era la mandamás y él, el súbdito.
Patricia le bajó de un tirón el bóxer con el que Fernandito dormía y, por fin, otros ojos miraron por primera vez en muchos años el miembro que a esa altura del encuentro ya estaba encabritado. Lo tocó y sintió su erección casi metálica. La muchacha lo empujó, él quedó bocarriba en la cama y ella galopó como amazona experimentada. Con señas y jalones, lo fue encaminando como quien amaestra a una bestia para un espectáculo circense. Lo hicieron todas las mañanas, antes de que Fernandito se fuera para la U, cada vez más temprano porque el —ahora— ex señorito necesitaba más y más tiempo para desbravar a su animalito.