Revolcón del Barrio

Esa noche durmió de frente a la pared, temeroso de que lo suyo no respondiera
  • jueves 20 de marzo de 2014 - 12:00 AM

Lucas le avisó a su jefa que no iría a laborar por dolor en la parte baja de la espalda. ‘Vaya al médico, Lucas, puede ser algún problema con la próstata, mire que ya usted tiene cierta edad’, dijo la dama.

El comentario bienintencionado le devastó el ánimo, pues él creía firmemente que aparentaba, cuando más, unos 28 años. ‘A esa vieja lo que le falta es que le den lo suyo, casi que me dijo viejo’, pensó para consolarse. Pero el ánimo siguió alterado, sobre todo por la mención de la palabra próstata, que él asociaba enseguida con un bajón de la virilidad y, lo que sería la muerte, que se volviera impotente de la noche a la mañana.

Con esos pensamientos funestos y sin ningún fundamento científico trató de mirar la televisión, que en esos momentos mostraba un par de rubias tetudas y en biquini, imagen que no lo alteró, pese a que él se le endurecía con cualquier estímulo visual.

Esa noche durmió de frente a la pared, temeroso de que lo suyo no respondiera. ‘¿Y entonces?’, le dijo Liza, su mujer, al amanecer. Pero él no respondió y se fue a su trabajo sintiéndose el más impotente del mundo.

Buscó información sobre la impotencia. Fue demasiado para sus nervios: antes de terminar la jornada había concluido, tristemente, que tenía siete de los diez síntomas de la ‘dificultad’. Y volvió a dormir de cara a la pared noche tras noche hasta una semana después, cuando Liza decidió irse a dormir al otro cuarto con la excusa de que ‘él ya no servía’, pero lo cierto era que ella tenía un entretenimiento con un pelaíto de la oficina que la zarandeaba con ímpetu y siempre en lugares incómodos, el carro o el rastrojo, de manera que cuando regresaba a la casa lo que ella quería era cama.

En esa condición pasó otra semana hasta que Lucas, con la esperanza de que el licor le devolviera el poder, pinteó con la gente del barrio, donde ya se había corrido el rumor de que ‘él no era él’. En el calor del convite, el marido de la bochinchosa comentó que había algunos gallos que ya no pisaban a sus gallinas.

El comentario provocó carcajadas estruendosas y varios miraron a Lucas, que se levantó avergonzado. Regresó a su casa a reclamarle a su mujer por qué el vecindario conocía su problema, pero ya Liza había cogido rumbo con el pelaíto.

Esa misma noche, una vecina opulenta de carnes, que pasó por ahí vendiendo una rifa de una cajeta de comida, en agradecimiento porque Lucas le compró varios números, lo retó a que con ella sí podía.

Yo sí sé levantarle el ánimo a un hombre, déjame eso a mí, dijo la mujer mientras examinaba el animalito dormido, que no tardó en ‘levantarse’ a rugir como un león. ‘Eso es puro cuento de tu mujer, la que no sirve es ella’, dijo la caritativa dama y suspiró. ‘Tas caché bombita, mi’jo’, le aseguró antes de irse con todos los números de la rifa vendidos.