Primitas traidoras

La reconciliación marcó una etapa de mucha felicidad, mi mujer andaba dispuesta y ardorosa siempre
  • lunes 18 de diciembre de 2017 - 12:00 AM

Cuando mi mujer me dejó, por haberle sido infiel con una compañera de trabajo, me tocó viajar al interior a rogarle que volviera al hogar. Me recibió amable, pero no me daba el sí, pasó dos días indecisa hasta que me dijo que la única condición para regresar era que yo aceptara que viniera con nosotros su sobrina Esmeralda. Yo me negué, porque me vino a la mente aquello de que ‘en tu casa, ni otra falda ni otro pantalón', pero ella repitió el ultimátum: ‘Regreso con mi sobrina o no regreso jamás'. Yo señalé al novio de la chiquilla, Leandro, que en una esquina lloraba en silencio mientras rogaba que yo mantuviera el no. ‘Bueno, él tendrá que irse también, pero cuando vengan sus primos, lo mío es llevarme a Esmeralda', siguió mi amada esposa, y me convenció.

La reconciliación marcó una etapa de mucha felicidad, mi mujer andaba dispuesta y ardorosa siempre, y los quehaceres domésticos los compartía con Esmeralda, quien planchaba mi ropa con tanto esmero que pensé que tenía algún interés en mí, por lo que sentí lástima por Leandro, que aún estaba solitario en el interior. Mi compasión por el cholito abandonado creció pronto, porque una tarde llegué antes de lo previsto y encontré en la sala a un tipo que me cayó mal. El infeliz estaba sentado en el sofá nuevo, en el centro de Esmeralda y de mi mujer, quien se levantó y me dijo: ‘Ay, papi, qué bueno que llegas, para que conozcas a Antony, el novio de Esmeraldita'.

Para no quedar como grosero, le di la mano, pero apenas aquel se fue, le reclamé a las dos la traición al pobre Leandro. Me dijeron que no me preocupara, que Leandro había sido el primero en faltar y que ya andaba embolatado co n otra allá en el monte. Yo lo llamé, porque no quedé muy convencido, pero no pude decirle que le estaban madrugando la novia, se me formó un nudo en la garganta cuando él se me adelantó, contento, a decirme q ue a fin de mes viajaría para acá.

Ese mismo fin de semana, mi mujer y la sobrina salieron de compras. Mi amor era tal que les di mi tarjeta de crédito, y de allá regresaron casi a medianoche con una tanda de paquetes, Antony las trajo. Yo lo miré con cara de machete y casi le digo que pronto llegaría el sólido de Esmeralda a poner orden. ‘Los cholos sí saben manejar el filo', dije cuando el puerco ese se iba. Esa noche, mi mujer estuvo que era una leona, de la noche a la mañana le había nacido un apasionamiento por mí. Dos días después, salieron juntas de nuevo, esta vez al hospital, a visitar a un pariente. Regresaron tarde, con el desgraciado Antony, quien no se bajó porque yo lo miré con tanto odio que se dio cuenta y solo me saludó con la mano, saludo que yo no devolví.

El día de mi desdicha, estaba trabajando cuando supe que irían a la terminal a esperar a Leandro, y que Antony andaba con ellas. Iracundo salí del trabajo rumbo al lugar ese a ayudar a Leandro a defender su honor. Los encontré a los cuatro, felices en un restaurante, le grité a Esmeralda lo sucia que era y Leandro salió a defenderla atacándome a mí, luego le di dos pescozones a Antony, quien se fue enseguida. Mi mujer se levantó con la intención de seguirlo, y yo la paré diciéndole un par de estupideces que prefiero no recordar. Esmeralda se puso a llorar, mi mujer, en cambio, me gritaba insultos y me pegó en la cara. Yo seguía gritándole a Esmeralda su traición hasta que Leandro me sacó a la fuerza y en una esquin a me soltó, sin lástima, la verdad que yo no había querido ver: Antony y mi esposa eran amantes, lo del noviazgo con Esmeralda no era más que una pantalla. Bien lo dice la vida: En tu casa, tu mujer y tus hijos, nadie más.