Primita mía

‘No seas loca, tú estás demente o déjate de locuras' es la invariable respuesta de aquellos a los que le presentan un reclamo de celos. 
  • jueves 30 de marzo de 2017 - 12:00 AM

‘No seas loca, tú estás demente o déjate de locuras' es la invariable respuesta de aquellos a los que le presentan un reclamo de celos. Ponen una cara de calumniados o de sorpresa que le ganan por calle al mejor actor. También dicen dos refranes: ‘Lo que piensa la celosa ni el diablo se lo imagina' y ‘La que es celosa nunca es celosa por lo que ve, con lo que se imagina le basta'. Pero yo no estaba ni loca ni mi imaginación o maldad superaba a la de Satanás; yo tenía evidencias, o sea que celaba a mi marido Lucrecio con fundamento. Y llevaba rato con esa espinita en el alma, y se lo había comentado varias veces: ‘Me molesta y rejode cómo le comentas a tu prima Efigenia cada foto que ella sube, no se te pasa una, ni a mí me comentas y menos de esa forma, hasta he pensado que te gusta esa pelá'.

Pero Lucrecio se quedaba callado algunas veces, otras se transformaba por la ira, ‘cómo se te ocurre semejante barbaridad, estás enloqueciendo por tus malditos celos, solo en tu pensamiento de enferma tiene cabida esa idea, y entérate de que siempre le voy a comentar las fotos que ella suba, y al César lo que es del César, Efigenia es bella desde niña y esa belleza ha aumentado con los años, etc.'.

Esa tarde me quedé sin palabras, no pude ni contestarle, así que el sinsabor fue creciendo y fustigándome el alma y la misma vida. Para colmo de mis males, la primita subía a diario dos y tres fotos, y allí estaba mi marido con sus comentarios de alabanza para la, según él, la mujer más bella del mundo. Decidí reclamárselo a ella, quien solo me escuchó, ni media palabra me contestó cuando yo terminé de exponerle mi reclamo. Tuve que cerrar mi llamada, porque Efigenia se mantuvo como una tumba.

En menos de cinco minutos sonó mi celular, era mi marido que llamaba airado, violento por el reclamo. Yo lo enfrenté con iguales sentimientos, y le grité que había llamado al novio de Efigenia, y que este me había dicho que a él también le molestaban los comentarios de Lucrecio sobre las fotos famosas. La noticia lo dejó mudo, me cerró la llamada y poco tiempo después llegó a la casa, donde tuvimos un altercado verbal tan fuerte que atrajo la atención de la vecindad.

Vinieron mis hermanos, que son aficionados al pleito, le dieron una tunda a Lucrecio que me tocó a mí misma implorar que no lo golpearan. Llamé a los policías, y mi marido acusó sin piedad a mis hermanos, sobre todo al menor, que fue el que aseguró haberlo visto salir de un hotel con Efigenia.

El problema se agravó al día siguiente, cuando localicé de nuevo al novio de Efigenia, a quien le conté de la evidencia proporcionada por mi hermano menor. El hombre llegó al trabajo de Lucrecio y también lo enfrentó a puño limpio, el más afectado fue mi marido, porque aún estaba débil por la golpiza del día anterior.

Dos semanas después, día del cumpleaños de Efigenia, mi marido puso en su perfil del wasap una foto de ellos dos juntos, cuando niños. Yo le reclamé de nuevo, pero él me dijo ‘o te acostumbras o nos separamos', remató diciéndome ‘para mí, mi familia es primero, segundo y tercero'.

Cuando llegó a su trabajo, estaba el novio de la prima esperándolo; el hombre no lo dejó bajarse siquiera, pero esta vez, Lucrecio iba prevenido con un arma blanca. Casi lo manda con boleto anticipado para el otro lado, pero, por suerte para ambos, el rival retrocedió apenas vio el cuchillo y solo lo rasguñó, lo que fue suficiente para meterle culillo.

El novio se apartó de Efigenia, y mi Lucrecio hizo pública su relación de pareja con ella, lo que me dejó a mí convencida de que era cierto que mi hermano lo había visto salir de un hotel con la prima, solo que yo no quería creerlo.

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