Por ahí, no
- martes 29 de noviembre de 2011 - 12:00 AM
En un hermoso atardecer, allá en la isla Saboga —adonde, procedentes del Polo Sur, llegan las ballenas jorobadas en busca de aguas cálidas para sus crías— nació la bella Macarena, cuyo hermoso trasero, fortalecido por las muchas horas diarias de natación en agua de mar, tenía una firmeza y altivez capaz de despertarle el ánimo al marido más apático. Desde niña dijo que no estudiaría, pero que se buscaría un marido con cheque, que la mantuviera y le comprara varios vestidos y un par de zapatos cada mes. Con ese fin abandonó su isla, que alberga el arrecife coralino más grande del Archipiélago de Las Perlas, y viajó a la capital, donde pronto, gracias a sus curvas provocadoras, se casó con Fulo, un man buenagente, que se casó con ella obsesionado por su trasero y porque confiaba ciegamente en que tarde o temprano ella le permitiría ‘meterse por donde no debía’. Desde la primera noche de casados tuvieron problemas, porque Macarena puso las reglas íntimas asegurando que jamás habría incursiones fuera de ruta, además, siempre, antes de ‘hacer algo’, Fulo tendría que disfrazarse de algún personaje de la historia patria. Y así fue como al pobre hombre le tocó, cada vez que quería algo, buscar un disfraz y representar al personaje histórico que a su mujer se le antojaba, y lo peor era que no le permitían ni asomar la cabeza por donde él quería entrar. Una noche, casi al final del Mes de la Patria, durante el que tuvo que representar a casi todos los próceres, fingió ser un ‘panameño malo’, de esos que no respetan a las mujeres, y para que Macarena saliera de su escondite y le diera algo, empezó a insultar al género femenino, mientras amenazaba con violar a la primera mujer que encontrara, ‘y no iré por el frente, iré por la retaguardia y con violencia’, repetía a viva voz para que Macarena comprendiera que la cosa venía seria. Asustada de perder la firmeza de sus nalgas y más que todo, de sufrir el espantoso dolor que según su prima se sentía al ‘hacerlo por ahí’, salió de su escondite y se olvidó de disfraces y pendejadas. El alba los encontró disfrutando del sexo atolondrado y fogoso de los primeros días de casados, pero todo por ‘la vía legal’. ‘Y así será por los siglos de los siglos’, repetía Macarena en cuanto se metían a la cama. Pero Fulo no era hombre de rogar ni de darse por vencido, de manera que tomó la decisión de disfrazarse otra vez, pero de quemón. Por eso se iba a caminar por los centros comerciales para hacer tiempo y regresar tarde a la casa, para que ella creyera que él andaba en trampa, otras se iba al cine, comía en la calle, se compró ropa nueva que mandaba a envolver como si fuera regalo. Y la gota que colmó el vaso fue cuando no la llevó a ver el desfile del 28 a La Chorrera. Cuando regresó, casi al amanecer, la encontró sentada en la sala junto a varias maletas en las que llevaba toda la ropa que él mensualmente le había comprado. Macarena, furiosa se le abalanzó a agredirlo, pero Fulo, que tenía su cualquier rasgo de español, le dijo: ‘Disculpe, señora, no sé quién es usted, pero yo soy el general José de Fábrega, el que más ayudó a lograr la independencia, pero al que menos se menciona en la lista de los gestores de ese gran logro’. Y pasó de largo y se metió en la cama dispuesto a dormirse para no verla partir. Despertó cuando sintió que sus dientes querían desprenderse de las encías y asustado gritó quién anda ahí, ladrón, auxilio. Se levantó adormilado y salió a la calle gritando auxilio. Un vecino lo detuvo y le limpió la herida del rostro antes de que entrara nuevamente a su casa en la que ya no estaba Macarena. Trancó la puerta para que ella no pudiera entrar y se acostó pensando que ya encontraría otra que ‘sí fuera complaciente y dispuesta a la batalla’.