El poder de las flores

Abel fue un hombre feliz hasta que se enredó en amores adúlteros, en los que se inspiró tanto que cada año tenía nueva merienda fuera de...
  • viernes 06 de julio de 2012 - 12:00 AM

Abel fue un hombre feliz hasta que se enredó en amores adúlteros, en los que se inspiró tanto que cada año tenía nueva merienda fuera de casa. Pero conforme llegaron las emociones callejeras aparecieron sus problemas financieros que más tarde generaban graves altercados hogareños.

Ahora andaba enfrascado en tremendo lío con Any, su mujer, quien le había impuesto la ley del hielo por haberle recortado 40 dólares de la quincena, los que, según la afectada, era casi seguro que habían ido a parar a la cartera de la otra.

‘Seguro que ella hizo su súper con mi plata’, le había gritado con voz airada.

‘¿Cuál es ese súper que vende tan barato que con 40 dólares se compra comida para una quincena?’, dijo Abel para barajar la situación y que ella creyera que no era lo que ella creía que era, pero Any no comió y siguió brava.

Llegó al trabajo malhumorado y tirando mente sobre a quién pedirle prestada la plata recortada, pero nadie estaba para atender solicitudes de préstamos, todos comentaban alrededor del enorme y bello arreglo floral que había recibido Nabil de parte de su marido, quien quería que le sonriera tras la tercera traición. Mientras unas se conmovían hasta las lágrimas porque nunca les habían mandado flores, otras no paraban de exclamar: Ay, qué tierno; Ay, qué lindo; Yo me ahorco de un palo de guandú si me mandan una así; Yo por unas flores como estas perdono hasta una violación por rutas prohibidas.

‘La verdad es que un ramo de flores amansa a la más brava’, dijo Rebolledo, el más viejo de la oficina.

‘Es el arma que no falla cuando la guial está cabreada’, dijo el más mujeriego de la oficina, quien jamás había regalado una flor.

‘¿Cuánto cuesta una vaina como esta?’, preguntó Abel.

Entre 40 a 50 panchos, contestaron varios al mismo tiempo, tumbándole por completo el ánimo.

‘Son caros, pero efectivos’, dijo el director que también participaba en la reunión sobre el arreglo del perdón. Y con un chasquido de dedos mandó a todo el mundo para su puesto y colocó el arreglo en un lugar menos visible. El día se le fue a Abel pensando en cómo comprarle uno a su mujer. En el almuerzo fue ese el tema de sobremesa, unos hablaban de las bondades de un ramo de flores, y otras, las resentidas, decían que les daba alergia: ‘Desde que llegó ese ramo no paramos de estornudar’.

Fue a la salida, en la parada, donde Abel supo que a Nabil se le había quedado el arreglo.

Nunca pudo recordar dónde consiguió una bolsa de basura, pero regresó a la oficina con la excusa de que se le había quedado una encomienda enviada por su abuelita desde el interior.

Eran ya las ocho cuando llegó a su casa con el hermoso arreglo floral: ‘Flores para la más linda de las flores’, le dijo a su mujer, que las recibió con lágrimas y lo abrazó.

Por este detallito fue que me faltaron 40 dólares de la quincena, contestó Abel, feliz por la reconciliación.

Mientras Any enteraba a primas y vecinas del detalle de su marido, en la oficina de este, el director trataba de calmar a Nabil que lloraba a gritos porque le habían robado su ramo.

‘Solís, que activen las cámaras’, ordenó cuando Nabil puso los ojos en blanco y empezó a vomitar por el dolor de la pérdida.

Bastó mirar las cámaras. Allí estaba nítido Abel metiendo el arreglo en un cartucho.

Any y las vecinas miraban y olían las flores cuando llegó un carro de la empresa donde laboraba Abel.

Nabil bajó y entró corriendo a la sala. Se abrió paso entre las mironas y haló el ramo. Casi en la puerta la alcanzó Any, quien de un manotazo se lo quitó enfrascándose ambas en un forcejeo violento que duró varios minutos hasta que el arreglo cayó deshojado al piso, dejando un reguero de pétalos de lirios, rosas, claveles y ensueños.

‘Te van a botar por haberme robado mi arreglo floral’, le gritó Nabil a Abel delante de las vecinas y de Any.