Feo, pero sabroso

Sus amigos más cercanos lo vacilaban al punto que lo hacían sentir mal, porque no lograba conquistar ni a la tipa menos agraciada del barrio
  • sábado 08 de enero de 2022 - 12:00 AM

Severino, veragüense hasta los huesos, no tenía un rostro atractivo. ¡No que va!, para nada. Pero, tampoco era el jorobado de Notre Dame ni el mejor amigo de Betty la fea, de la exitosa novela colombiana. Podía sacársele algo de partido como por ejemplo su cuerpo atlético y muy bien conservado. Él sabía que no era el príncipe Harry y menos un ken, por lo que decidió seguir tonificando sus músculos.

Sus amigos más cercanos lo vacilaban al punto que lo hacían sentir mal, porque no lograba conquistar ni a la tipa menos agraciada del barrio. Cuando se celebraban las festividades más importantes del pueblo como la Feria de la Naranja, Severino lucía ropa de marca, pero de nada le valía, porque las guiales no le paraban bola.

Con esa mala racha pasaron algunos años. A sus 25 años, Severino jamás le había plasmado un beso apasionado a mujer alguna. Era su gran secreto. Para las celebraciones de fin de año de 2001 llegó al pueblo la sobrina de Don Eustaquio. Una peluquera de 23 años, alta, de piel blanca, ojos verdes y cuerpo muy bien formado. Los muchachos del pueblo de inmediato le montaron la caballería, pero con muy mala suerte. Severino, quien también quedó impresionado con la belleza de Ensilú decidió conquistarla con una antigua estrategia: escribir poemas. Le dejaba los escritos por la rendija de las ventanas, que ella leía cada noche, imaginando un príncipe azul.

Tras dos semanas de dedicatorias, Ensilú decidió conocer el rostro de su galán. Esperó el momento en que Severino se acercó a la ventana, que ella abrió con tanta fuerza que provocó que él cayera al pavimento. Salió a su encuentro y quedó asombrada porque su admirador secreto no era el príncipe de sus sueños. Pero eso no impidió que se convirtieran en grandes amigos. Iban al parque junto, al centro comercial, al cine. Una noche cuando Don Eustaquio se fue a pescar mar adentro, Ensilú se quedó a solas con Severino. El con mucho temor se le acercó y le dio un tímido beso en el cuello, porque era la primera vez que tenía a una mujer en sus brazos. Ella que tenía más experiencia que él en el amor se percató de ello y lo tiró sobre el sofá, le quitó lentamente la ropa y le dieron rienda a la imaginación.

Al día siguiente Severino se sentía adolorido, por haber perdido la virginidad, pero feliz. Después de esa noche quería estar todas las noches con la hermosa mujer. Sus amigos se asombraron de que se hubiese levantado tremenda hembra. El error de Ensilú fue contarles a sus amigas que Severino era un potro en la cama. Ella les relataba lo apasionado que era y de lo bien proporcionado que era, que nunca nadie la había complacido en lo sexual como él.

Ana Sofía, que era la que más prestaba atención a los relatos de Ensilú, se quedó con la intriga y en una ocasión cuando Jaime, su novio y uno de los mejores amigos de Severino, se reunió con él, le empezó a coquetear y a pasarle suavemente los dedos de los pies por la pantorrilla. Cuando Severino se retiró de la mesa para ir al baño, Ana Sofía lo siguió y le dijo pasa esta noche por mi casa, mis padres se fueron para Chiriquí y no regresan hasta el lunes. Él no le respondió. Sin embargo, a las 11:00 de la noche, Ana Sofía vio que una sombra se deslizaba por la pared se asomó por la ventana y de pie estaba Severino esperando, ella corrió a la puerta y lo dejó ingresar.

La agarró contra la pared y le quitó la ropa con los dientes hasta dejarla como Dios la trajo al mundo. La calentura duró hasta pasadas las 3:00 de la madrugada. Al día siguiente Severino pasó otra noche de sexo caliente, pero con Ensilú, quien lo traía de cabeza y él a ella también.

A la 6:00 de la tarde de los domingos, Ensilú se reunía con sus amigas para echarle al dedillo el cuento de las noches de pasión que vivía con su novio Severino. Una a una de sus amigas pasaron por el revisado nocturno de Severino. Dos de ellas quedaron embarazadas, pero los muertos lo cargaron cada uno de sus mejores amigos, que se burlaban de él por feo.

Los comentarios sobre lo bien proporcionado que estaba Severino y lo bueno que era en la cama corrió como pólvora en el pueblo, al punto que no podía salir de su casa sin que jovencitas, mujeres casadas y hasta las ya convertidas en abuela le tiraran el ojo. Con suerte, algunas pasaron por el matadero , a la misma hora y con el feo, el más feo del pueblo, pero sabroso.