Muñecos de Nochevieja

El desbarajuste de fin de año se venía gestando desde meses atrás, cuando Leonela, desesperada por saber si su hijo bateaba para el equi...
  • sábado 31 de diciembre de 2011 - 12:00 AM

El desbarajuste de fin de año se venía gestando desde meses atrás, cuando Leonela, desesperada por saber si su hijo bateaba para el equipo bueno o para el malo, le rogó a Clarisa que le diera un calentoncito a ver cómo respondía. Leonela aprovechó que Clarisa atravesaba una crisis matrimonial y la convenció de que en una de las ausencias del marido infiel y desgraciado, al que había que pagarle con la misma moneda, amarrara al perro y dejara la puerta abierta, para que Leonelín entrara a probar su virilidad, cosa que ocurrió en una noche de luna, mientras la astuta madre lo esperaba sentada en el parque. Fue un asunto de quince minutos, porque aunque Clarisa estaba emberracada con Ruiz, su marido, no le gustó ni un poquito el desempeño de Leonelín, que se volvió puro falito duro, pero de ahí nada de nada, ningún movimiento de cintura que la pusiera a comerse el mundo.

Y fue en días posteriores cuando nació el odio de Leonela hacia Clarisa, pues esta se negaba rotundamente a repetir el experimento con Leonelín, quien se había empecinado en que tenía que ser con Clarisa o con nadie. La misma Leonela, cartera en mano, fue a hablar con Clarisa, quien cometió el error de decirle que su hijo, aunque joven, bien equipado y guapo, no le había hecho ‘ni cosquillas’. Por esa revelación, Leonela juró no descansar hasta ver arruinado el matrimonio de Clarisa.

El día anterior al 31, amanecieron tres muñecos abrazados en la banca principal del parque. Uno era una réplica de Ruiz, con su clásica barriguita cervecera y dos cachitos, la otra era una copia fiel de Clarisa, cabello largo rubio, mucha teta y nalgas, y poca cintura, y el tercer muñeco era Cárdenas, el más viejo y jodido del pueblo, a quien jamás se le había conocido mujer.

Antes de las ocho de la mañana, ya el pueblo estaba revuelto, por los comentarios y por saber quién había puesto los muñecos. El 31 de diciembre, último día del año, apareció al lado de los tres muñecos, otro, una réplica de Leonelín, con alas de pato y vestido con minifalda y zapatos de mujer.

Con esta nueva aparición hirvió el poblado, las conjeturas llovían y cambiaban a la velocidad de la luz. Ruiz andaba encorajinado por la traición, toda la familia de Cárdenas viajó expresamente del interior y de la capital a desmentir la infamia, los escasos parientes de Leonelín llegaron dispuestos a lavar la honra del pelao. Se rumoraba que todos los familiares de los tres bandos andaban armados, unos con pistolas, otros con machetes y cuchillos, y los que menos, cargaban garrotes y sacos de piedras.

El día transcurrió revuelto entre el ir y venir de la gente llevando y buscando la última noticia. Dos horas antes de la medianoche, cuando se suponía era el momento de meterle fuego a los muñecos, el pueblo entero, niños abrigados y dormidos, viejos arropados y con bastones, además del resto de ciudadanos, estaban en el parque dispuestos a no perderse la pega. Conforme transcurrían los minutos el silencio iba aumentando. Los ’agredidos’ se miraban con odio feroz, Leonela, dizque ofendida, se mantenía al pie del muñeco de su hijo, armada con un palo de escoba, pero sin decir una sola palabra.

Veinte minutos antes de la medianoche ya había varias señoras desmayadas de puro susto, algunos niños llegaban inocentemente a tocar los muñecos. Fue en ese momento que un familiar de Cárdenas, machete en mano, se acercó amenazante a Leonela. La chispa de la violencia estalló y los ofendidos rodearon los muñecos en son de guerra, Leonela empezó a gritar mientras el familiar de Cárdenas le amagaba con el machete provocando que los parientes de Leonelín lanzaran unas cuantas piedras. Las mujeres y los niños formaron una gritería infernal que no dejó escuchar la sirena de los patrullas. Fue repentina la aparición de unos 300 policías que empezaron a abrirse paso entre la muchedumbre aterrada. Nadie, ni la brava Leonela, se atrevió a impedir que los policías se llevaran los cuatro muñecos.