Soy mujer de un solo hombre

D oña Pompis tenía rato de andar viajando en el bus Cuarenta, pero aún conservaba los atributos faciales y corporales que en la escuela ...
  • domingo 31 de julio de 2011 - 12:00 AM

D oña Pompis tenía rato de andar viajando en el bus Cuarenta, pero aún conservaba los atributos faciales y corporales que en la escuela primaria, allá en la campiña baruense, motivaron a muchos niños a llevarle mangos, guineos, plumitas de azulejos y piedrecitas de río, blancas y transparentes, que la naturaleza les otorgaba gratuitamente para hacer sus pininos en el arte de enamorar, y que a los 17 años, por amplia ventaja, le hicieran ganar la fama de ‘tumbahombres’. Entre sus senos había una cavidad tan perfecta y estrecha que ella podía guardar varios billetes de $20 e irse a brincar a los culecos de Dolega sin temor a perderlos ni mojarlos. A punta de amenazas, el Tata, su única familia, había logrado mantenerla alejada de los atractivos del amor. Veinte años tenía cuando quedó sola, y antes de los novenarios, agobiada por la tristeza y por el temor a la soledad, se atrevió a proponerle matrimonio a Ramiro, un vecino cinco años mayor que ella y que trabajaba de ordeñar vacas en una finca cercana. Dos años más tarde, temerosa de que una pelaíta fula y racatacosa le quitara a su marido, lo convenció de emigrar a la capital, y fue como meterse en la boca del lobo, pues Ramiro empezó a trabajar en una fábrica de quesos, y mientras a ella se le iban las horas y los días en preocupaciones baratas y absurdas, imaginándose que todas las compañeras de trabajo -hasta las más elegantes- querían tener algo con su marido, él se divertía con la que se dejara. Y como en su trabajo ella lo mencionaba a cada rato, los compañeros decían: Ramiro a la una, Ramiro a las dos, Ramiro a las tres y así se iban, enumerando con burla las veces que ella lo recordaba. El sobrenombre doña Pompis se lo asignó su propio jefe, el que durante mucho tiempo la cortejó discretamente y sin éxito, pues ella, firme en su convicción, con voz amable y de subalterna le contestaba: Ay director, señor Rebolledo, es que yo soy mujer de un solo hombre. Idéntica respuesta les daba a las amigas que le aconsejaban que se buscara otro.

Llevaba doña Pompis más de 27 años de lucha contra las rivales reales y con las que creaban su imaginación con sus primitos los celos cuando empezó anotar que Ramiro ya no la atendía en la intimidad, llegaba más tarde y quería ir a cada rato a la tienda del chino.

Como siempre, lo comentó con sus compañeras, con la esperanza de que ellas dijeran que podía ser que se sintiera enfermo o talvés la andropausia, pero no, al contrario, todas dejaron entrever que era un nuevo levante, y un levante con corazón incluido, dijo Rita, cuya lengua tenía un poder destructor similar al de un tsunami. Ante estas conjeturas, doña Pompis sonrió nerviosamente para distraer las lágrimas y dijo: ‘no, ya Ramiro no levanta ni sospecha, si acaso, a una china’. Desde esa noche, alternándolas, empezó a darle una taza de té de canela o de chocolate, dos afrodisiacos recomendados por una prima que vino de David.

Después de dos meses de la alternancia del té y del chocolate, Ramiro seguía olvidando que ella dormía a su lado.

Una madrugada en la que la duda se convirtió en insomnio, se levantó sigilosa, revisó durante dos horas el celular, pero no encontró nada. Casi al amanecer, se le ocurrió revisar la cartera y ya casi iba a cerrarla cuando una tenue fragancia la llevó a hurgar nuevamente hasta que encontró un papelito doblado cuidadosamente, lo abrió pero no pudo saber qué decía, pues estaba escrito en una lengua milenaria que ella no entendía. Sin saber por qué, guardó el papel en su cartera. Una compañera dijo que eso estaba escrito en chino y se ofreció a acompañarla a El Dorado, donde un chinito sonriente les tradujo el texto: Ramiro era amante de una china. Doña Pompis no quiso regresar al trabajo, su instinto femenino la condujo hasta la tienda cercana a su casa y decidida le entregó el papelito al chino diciéndole: coge, esto es de tu mujer. No le interesó oír la discusión de los chinos, se fue a su casa y tomó varias bolsas de basura y en ellas acomodó una a una, bien dobladita, toda la ropa de su marido. Arrastrando las bolsas, pero serena, subió a un taxi y llegó hasta la fábrica de quesos. El seguridad, un tanto nervioso, recibió las bolsas sin decir nada. Regresó a su trabajo una hora antes de la salida sin hacer ningún comentario. Han transcurrido veinte años, Ramiro y la china tienen una tienda en Pedregal, y doña Pompis se dedica a cuidar sus plantas y se ha mantenido fiel a su filosofía: soy mujer de un solo hombre…