La montaña devastada

Los afanes del sexo, al igual que la muerte y la vida, deambulan por todos los caminos y hacen coincidir las más extrañas circunstancias...
  • sábado 08 de junio de 2013 - 12:00 AM

Los afanes del sexo, al igual que la muerte y la vida, deambulan por todos los caminos y hacen coincidir las más extrañas circunstancias para que un hombre y una mujer disfruten la más intensa de las emociones. Convencido de esta realidad andaba Mecho, siempre, desde niño, con la expectativa de una damita con senos abundantes, cintura fina, nalgas redondas y piernas torneadas que él no anhelaba ver ni tocar, sino separar. Cansado de la falta de mujeres que llenaran sus expectativas viajó a la capital a ver si encontraba por acá lo que no había podido hallar en su campiña. Estaba casi que recién bajadito del bus cuando conoció a Rocío, una caché bombita que no tuvo reparos para hacerlo soltar un billete en un restaurante. La dama caribeña casi que encajaba en el pedido de Mecho, solo le faltaba un poquito de frente. ‘Eso no es problema, muchacho, mándemelas a poner pues’, le dijo ella cuando entraron en confianza, y se cumplió su deseo porque el interiorano mandó a vender varias reses y pronto reunió el dinero para terminar de perfeccionar a la linda Rocío, quien ya le había dado palabra de que se iba con él para el interior a ayudarlo a cuidar el ganado y a hacerlo feliz.

Todo iba bien entre los novios, Mecho la llevaba a pasear, a comer y a comprar checheritos, pero la noche anterior a la operación él se antojó de saladito y Rocío accedió, emocionada porque el interiorano le dijo que sería mirando al payaso y soltando la risa. ‘Apenas usted suelte, yo suelto’, dijo y se fueron agarraditos de la mano a buscar un refugio. Ella iba pensando en los verdes mientras Mecho soñaba con el color negro y en su mente se dibujaba una montaña oscura, espesa, intrincada como la selva darienita, una enredadera de hilos de la tonalidad de la noche que protegía esa partecita carnosa que él empezó a añorar desde que cumplió diez años, cuando su padre ya fallecido le compró el primer par de zapatillas.

Seguía pensando en la maraña azabache mientras Rocío le hacía un baile sensual. La emoción se le fue al piso cuando ella dejó caer la diminuta prenda que cubría su cuerpo y quedó al descubierto su cuerpo liso, brillante y de curvas para quitarle el sueño a cualquiera. ‘¿Y dónde están?’, preguntó Mecho alarmado.

Esos no hacen más que estorbar, contestó ella y se le acercó insinuante, pero él la rechazó con fuerza, terriblemente desilusionado. La decepción se le transformó en rabia y gritó que así, peluncha, le daba asco, por lo que no habría trato ni plata. ‘¿Cómo que no, carajo, cómo que no?, usted me da esa plata porque me la da y me la da ya, coñazo’, repetía ella enfurecida también.

‘Usted lo que es un cochino y un hombre del siglo pasado, un animal, puerco, no sabe que eso es aseo y salud, cochino’, le gritó ella. Cualquier insulto admitía Mecho, menos que le dijeran cochino, por lo que se puso el zapato que se había quitado y caminó hacia la puerta.

‘Usted no se va hasta que no me dé la plata para mis bubis, oyó’, dijo Rocío y se plantó impidiéndole la salida, pero se impuso la fuerza masculina y pronto empezaron a forcejear y a gritar. La bulla atrajo a la seguridad del lugar que los obligó a salir. En la calle reanudaron la disputa, pero Mecho ágilmente subió a un taxi y se fue rumbo a un sitio donde pudiera encontrar un transporte para volver a su pueblo. Fue en la comodidad del bus que decidió sacar el sobre del dinero. Casi se le para el corazón cuando recordó que lo había sacado y puesto en la peinadora del lugar aquel, y en afán de salir olvidó tomarlo otra vez. Con el paladar vuelto un limón llegó a su tierra casi al atardecer, justo cuando el nuevo dueño embarcaba las cuatro reses vendidas.