Con Momo hasta el final
- miércoles 01 de febrero de 2012 - 12:00 AM
‘El Carnaval está a la vuelta de la esquina’ oyó decir Yasuri y enseguida trajo a la mente su grave problema. Como todos los años, ya tenía su club pagado para sacar los diminutos shorts y otros accesorios con que lucir sus formas abundantes y firmes durante esta celebración. Además, tenía su ahorro trabajado desde junio del año anterior, todo preparado: plata, ropa apropiada, la que más enseñara sus encantos, y alojamiento en el interior, que según ella, es donde de verdad se gozan los Carnavales.
Yasuri venía de una familia cuyo sello cultural era esa fascinación por la fiesta de Momo, a tal punto que los divorcios de las mujeres de este clan se debían, básicamente, a que cuando los maridos dijeron ‘no hay Carnavales’, las esposas se rebelaron contra la medida, recogieron hijos, ropa y muebles, y se mandaron a cambiar de casa, todo menos perderse esos cuatro días de jolgorio, de agua, sol y, sobre todo, piropos a veces subidos de tono que, por su belleza y generosidad de medidas, recibían de parte de la población masculina.
De todas las hermanas, primas, sobrinas y tías, Yasuri era la más afanada por la fiesta de la carne, a tal punto que estuvo al borde de una crisis de nervios cuando la máxima autoridad de la provincia del Atlántico dijo que no habría Carnavales, pues le dio terror solo de pensar que la norma se extendiera a los pueblos del interior.
Yasuri, montada en su diablo rojo, camino al trabajo, pensaba cómo deshacerse, por esos días solamente, de su marido, que ahora andaba ‘anclado’ en asuntos religiosos, por lo que se negaba rotundamente a darle permiso de ir a carnavalear, pese a que antes del matrimonio ella le advirtió que esos cuatro días eran ‘sagrados’. Cerró los ojos para sentir menos calor y para olvidar que, como siempre, el tranque estaba enseñoreado de las calles panameñas. A su mente vinieron todas las imágenes del Carnaval anterior, ella con su short atrevido y un pedacito de tela que cubría un octavo de sus senos, trepada en un cisterna y con la manguera en la mano mientras bailaba sensualmente al son de un pindín de Sandra.
—Agua, agua, agua— le gritaban varios parroquianos divertidos. —Mójame, mami, mójamela— le decían unos gordos ebrios. —Tú debes ser la próxima reina— le gritó el colaborador de un medio famoso, mientras la bombardeaba con la mirada y con la cámara.
Iba tan embelesada con los recuerdos que no se dio cuenta que ya estaba en su parada. En el afán de bajar no encontraba el dinero del pasaje, pero el chofer, fiel admirador de la belleza femenina, sobre todo la de carnes generosas, le dijo —En los Carnavales me lo pagas, ricura—.
Llegó a su trabajo convencida de que no había solución, su única opción era irse de todos modos, sin permiso de Napoleón, su marido, a quien no quería dejar definitivamente, porque era buen cocinero y porque, fuera de los cuatro días de la rumba de Momo, era el único que sabía cuáles eran sus ‘puntos sensitivos’, de manera que solo en la cama la hacía pensar que había algo superior a los Carnavales.
—Me adelantaron las vacaciones y desde mañana me voy a cuidar a mi abuelita al interior— le anunció a Napoleón, quien solo la miró con esa indulgencia de los recién iniciados en el mundo de la fe.
Llegó al interior afiebrada por la cercanía de los Carnavales y llena de muchos planes para ir con sus primas y el resto de la familia a los culecos.
Le extrañó ver a primas y a tías sin el tradicional pantaloncito y el suéter vendeteta, y, sobre todo, sin música en la casa, donde siempre, desde que entra febrero, los temas de murga suenan a todo volumen en cuanto amanece.
—Yasuri, mi nieta más bonita, si vienes a carnavalear ya no te puedes quedar aquí, porque esta familia ‘ya no es del mundo’, ahora estamos en los caminos de Dios— le dijo severamente su abuelita, exreina de la calle del Medio, quien después de recogerle un poco de guandú le exigió que se regresara para la capital.
—Acá tendré tres opciones de Carnaval— pensaba Yasuri en el bus de regreso.