El marido de las primas
- martes 17 de julio de 2012 - 12:00 AM
El rumor se difundió con la celeridad de las malas noticias. A las diez de la mañana, ya muchísimos sabían que a Abel lo habían pillado con las manos en la masa y que su mujer, Eva, había jurado que no le permitiría vestirse, de manera que pasaría la vergüenza de que el pueblo entero, que ya estaba congregándose para ese fin, viera cuando lo sacaran totalmente desnudo y puestos a la luz pública y al ojo inmisericorde de todos sus genitales de tamaño infantil.
‘Y si me da la gana no le tiro ni una manta a la infeliz de Erika, para que todo el mundo vea que lo que tiene es pellejo y muchas estrías, había dicho Eva frente a muchos, lo que había hecho crecer el morbo entre los parroquianos y la alegría de muchas que en un momento sintieron celos de que sus maridos miraran con deseo a la bella y sensual prima de la mujer de Abel.
‘Comadre, eso le pasa por traerse a su prima a vivir con usted, vio que le puso a su marido la tentación en la misma mano’, le dijo a Eva una de las mujeres que había dejado en el río la ropa a medio lavar y que subió corriendo con urgencia en cuanto supo del percance de la muchacha, quien encontró a su marido y a su prima retozando ardientemente en la cama propia, cuando creían que ella iba loma abajo a buscar atención médica al Centro de Salud del poblado.
Me regresé a buscar la tarjeta de vacuna y oí unos quejidos. Entré calladita y allí estaban, felices y desgraciados, dijo a punto de llorar otra vez.
Se secó las lágrimas que se agolpaban dispuestas a salir en torrentes y continuó: ellos no me vieron, porque aún estaba oscuro, ella estaba encima de él, con su trasero al aire haciéndole mil diabluras de puta.
Cuando sintieron el primer rebencazo que les pegué se levantaron y quisieron golpearme, por eso los amarré. Además, él amenazó que le prendería fuego a la casa. Ya no demoran los policías, terminó diciendo la sensual Eva.
Nunca se supo qué le dijo ella a la Policía, pero lo cierto fue que acudieron seis funcionarios armados hasta los dientes y sin ninguna piedad fueron entrando al hogar y sacando a los acusados, tal como estaban, ante la vista de la muchedumbre que hasta en mulas y caballos había llegado a ver la hazaña policial. Y tal como lo había augurado Eva, el pueblo se regocijó con la vista del hombre y la mujer en cueros. Muchas clavaron la vista allí mismo y cuchichearon que no eran muy chiquitas nada, ellos opinaron que la Erika, aunque con estrías, tenía una retaguardia que a cualquiera volvía loco. Fue un policía joven, que jamás había visto a una hembra desnuda, el que se puso nervioso y soltó a la muchacha, y exigió que le dieran la ropa para él vestirla, pero en cuanto terminó de hacerlo, con una rapidez asombrosa Erika se le fue encima a Eva -su prima que le había dado albergue-, y le pegó dos sonoras bofetadas que aquella no pudo esquivar, sin embargo, se repuso y se embolillaron a muerte mientras los policías, a quienes alguien les había ofrecido café con bollos de maíz nuevo, tomaban el reconfortante desayuno en el patio trasero de la vivienda. Nadie supo quién desató a Abel, el cual se vistió a la velocidad del rayo y montó en su caballo perdiéndose entre la campiña.
Cuando los policías regresaron al sitio de la acción, ya las mujeres rodaban confundidas entre el lodo y la sangre de ellas mismas.
¡¡¡Cómo es que nadie ha separado a estas mujeres!!!, gritó el policía encargado del operativo. ¿Y dónde está el cabrón quemón?, añadió otro uniformado.
Y fue interrogando violentamente a cada uno de los mirones hasta que alguien le dio la dirección del supuesto lugar adonde podría haber ido Abel.
De allá lo sacamos vivo o muerto, replicaron los policías a coro y desfilaron con las armas en alto por esas soledades montañosas.
Y aunque ni lo buscaron ni lo encontraron, Eva nunca más supo de su marido ni de su prima.
MORALEJA: A TU CASA NO METAS NI OTRA FALDA NI OTRO PANTALÓN.