La lengüi larga
- miércoles 09 de noviembre de 2016 - 12:00 AM
Cuando supieron que el gerente le aumentaría el sueldo a Lucrecio, algunos sintieron envidia, otros, mucha ira, y un pocotón no toleró la noticia y decidieron presentarse a la oficina del mandamás a exigirle que a ellos también los metiera en la lista de los beneficiados. ‘Yo no salgo de esa hp oficina hasta que ese gordo mamarracho no me firme mi aumento', decía Jonás, quien ni siquiera tenía seis meses de laborar en esa empresa, además de que a diario llegaba tarde y ni qué decir de los sábados, cuando se ausentaba con la excusa de ‘causas ajenas a su voluntad', lo cual significa nada o no fue a trabajar porque no le dio la gana. A algunos les molestó mucho que Lucrecio no se lo comentara a nadie, y lo tildaron de mal compañero por esconder la noticia. ¿Cuánto es?, le preguntaron cuando lo vieron entrar con su tacita de café. ‘¿Cuánto qué?', contestó Lucrecio, y le cayó toda la bilis de los compañeros envidiosos, rabiosos y malucos, que le gritaron: ‘No te has el pendejo, que ya lo sabemos, no te la des de ahue…, ya todos aquí supieron que el jefe te premió, será por sapo o porque le prestas la mujer'. El último comentario se le quedó atorado a Lucrecio en la garganta, y se fue enseguida para no agarrar al infeliz emisor y mandarlo a dormir. ‘No sé de qué hablan', gritó y salió a llamar a su esposa, quien era la única que sabía que el jefe le había prometido un aumento con la advertencia de que no se lo dijera a nadie, porque, según el jefe, Lucrecio sería el único de los 200 empleados que recibiría aumento en el 2017. Apenas la esposa contestó, Lucrecio le preguntó ‘a quien, ch…, le dijiste lo de mi aumento'; la dama advirtió que no era menester usar palabras soeces, y que ella no le había dicho ni al gato de la casa el asunto del aumento, y que si no confiaba en ella, para qué se lo había contado, etc.
‘A alguien debes habérselo contado, porque acá ya lo saben y se están organizando para ir a hablar con el jefe, todos quieren aumento', dijo Lucrecio, y esto pareció despejarle la mente a la mujer, que recordó de inmediato haberlo dicho en último juego de bingo en el barrio, en el que estaba la comadre de la presidenta del club. ‘Se me olvidó que ella es la esposa de tu compañero de trabajo, ay, perdóname, mi amor', agregó la esposa de Lucrecio, pero ya era tarde para recogerla.
Regresó él a la oficina y la encontró vacía. Escuchó gritos y mucha bulla en el piso superior, y con temor subió para saber el motivo de la algarabía. Más de treinta compañeros se aglomeraban afuera de la oficina del mandamás, desde donde exigían que les permitiera entrar para tratar asuntos de fuerza mayor. Cuando el gerente abrió le cayeron varios hablando al mismo tiempo y manoteando en señal de ánimos revueltos. ‘Lamento decirles que ni en el próximo año ni en el siguiente ni en el 2019 habrá aumento para nadie, y no jodan, porque ninguno tiene idea de cuántas puertas debo tocar yo para poder pagarles puntualmente su quincena', aseguró el gerente, y se encerró nuevamente. El grupo se dispersó envuelto en emociones contrarias, felicidad porque, según la interpretación de ellos, no habría aumento ni para Lucrecio, y nostalgia porque ya muchos habían hecho cálculos con el aumento que creyeron lograr con el piqueteo a la oficina principal.
Enseguida, el don mandó a buscar a Lucrecio, a quien después de asolearlo le gritó: ‘Olvídate del aumento, por lengüilargo, ni te acordaste de mi recomendación de no decírselo a nadie, ni a tu mujer, parece que no conocieras a las mujeres, todo lo dicen, todo lo hablan, no conocen la palabra silencio'. Le tocó a Lucrecio decirles adiós a los 200 panchos prometidos, y encima, su mujer armó el teatro del cocodrilo, lo que lo enfureció tanto que casi la agrede por lengüilarga y llorona.