Las bodas de oro

C uando la bella Mónica Tamara, a quien apodaban Mota, decidió casarse con Vergara, 25 años mayor que ella, corrieron las apuestas. Unos...
  • domingo 27 de noviembre de 2011 - 12:00 AM

C uando la bella Mónica Tamara, a quien apodaban Mota, decidió casarse con Vergara, 25 años mayor que ella, corrieron las apuestas. Unos decían que esa boda solo sería de papel, o sea que duraría un año, otros, los más benévolos, decían que sería de piedra, es decir, tres años. Las envidiosas ya veían a Vergara convertido en un gran ciervo. Pero esa noche, los que apostaron y las envidiosas, estaban reunidos para celebrar las bodas de oro de Vergara y Mota. El vétero se había antojado de una fiesta con mucha comida, música en vivo y variada, abundante licor, esto para los invitados. Y para él y su mujer quería un regalo casi prohibido: un sexo berraco, que durara unos veinticinco minutos mínimo. Mientras recibía a los invitados le cabreó oír a un cuarentón que, creyendo que los años no lo alcanzarían, se burló de un viejito que cuando le preguntaron la edad, inocentemente respondió: ‘Tengo noventa y pico’. ‘¿Pero pica el hielo o qué es lo que pica?’, comentó el de las cuatro décadas soltando una carcajada. En eso, Vergara vio que se acercaba Mota y le hizo un guiño, como antaño, cuando usaba esa clave durante la cena para avisarle que esa noche quería lo suyo. Mota sonrió resignadamente, segura de que era una fantasía de su decrépito marido, aún así se le acercó y disimuladamente le tocó la entrepierna, se alarmó porque tocó algo duro y de forma cilíndrica. Se puso tan feliz y tan nerviosa que pidió que alguien contara un chiste. Un borrachito salió a complacerla, tomó el micrófono y empezó con su chiste: Una viejita y un viejo se conocen y luego de charlar un rato deciden ir a un lugar más tranquilo, estacionan el auto y hacen el amor. Cuando regresaban, el viejito pensó: si hubiera sabido que era virgen, la hubiera llevado a un lugar más cómodo. Y la viejita, sentada a su lado, pensaba: de haber sabido que todavía se le paraba, me hubiera quitado ese panti tan apretado’.

El chiste arrancó carcajadas de los invitados, menos de Vergara, quien estaba a punto de mandarlos a todos para el carajo. Y como la gente pedía otro, otro, el borrachito nuevamente tomó el micrófono, pero se le olvidó el chiste y empezó a preguntar: Si se mueren ahora mismo, qué donarían: ‘mi hígado’, contestaron por allá, ‘mis ojos’, dijo un señor que tenía una cerveza en la mano, ‘mi cabellera’, señaló una peliteñida, y del centro de la sala, una vocecita gangosa gritó: ‘yo donaría mi pene’, y todas las invitadas exclamaron: ‘Viva el señor que va a donar su pene, nunca nadie ha donado eso’. Y como todas querían ver al donante, empezaron a pedir ‘que se pare, que se pare’, y el de la vocecita, que ya no legislaba mucho, contestó: ‘Si se parara, yo ni por diablo lo donaría’. Fueron tantas las carcajadas burlonas que Vergara se encorajinó y empezó a lanzar botellas y a largar a los invitados, que asustados fueron saliendo poco a poco. Cuando se le bajó la rabia fue a su cuarto y allí, en una posición seductora y vestida con el diminuto piyama de la noche de bodas, estaba Mota esperándolo, entusiasmada por lo que había tocado unas horas antes. Vergara se rascó la cabeza y salió. Una hora después entró a su recámara donde aún Mota esperaba lo suyo.

Al día siguiente, muy temprano, le entregó cien dólares a uno de sus nietos, que había hurtado algo de su padre. ‘Abuelo, solo eran diez’, dijo el chiquillo sorprendido. ‘Sí, diez que te doy yo, y noventa que te manda tu abuela’, dijo Vergara sonreído de oreja a oreja…