La venganza
- miércoles 31 de agosto de 2011 - 12:00 AM
S obre su caballo, llamado ‘Chueco’, cabalgaba Braulio a través de inmensas llanuras que antaño producían muchos de los alimentos que consumían los habitantes de ese pueblo laborioso habitado por hermosas y fieles mujeres y por hombres varoniles, fogosos y emprendedores.
Silbaba la última melodía de Ulpiano para sacar de su mente la tristeza de ver la marcada esterilidad de sus tierras.
Esa tarde incierta se convenció de que ya aquellas habían pagado su cuota natural tras alimentar a varias generaciones. Convencido de que no había otra salida emprendió el sueño capitalino. Pero no solo aliñó sus enseres, también se trajo toditas sus costumbres. Por esta razón, ya establecido en el área de Panamá Oeste y pese a trabajar en el turno vespertino se levantaba tempranito y se iba a la tienda a mirar el ir y venir de la gente mientras llegaba la hora de alistarse e ir a su trabajo.
Fue allí donde conoció a Brenda, de 28 años, cuyo cuerpo, que podría haber envidiado Pandora, se clavó en sus ojos y en sus sentidos con tanta fuerza que no descansó hasta que consiguió, aunque con mucho remordimiento porque ella era la mujer de un paisano, perderse en sus brazos tibios y ayudarla a recorrer los inusitados e infinitos caminos del disfrute sexual.
Braulio había nacido con ventaja para enfrentar la vida, pues su longitud y grosor fálico estaban dentro de las dimensiones ‘afortunadas’, algo que aunque Brenda no había podido describir, siempre lo había añorado. Fue por esto que enloqueció cuando intimó con Braulio y ya no pensó en otra cosa que en buscar la ocasión para estar con él.
Y como no hay inventiva superior a la ideada por una mujer dominada por la pasión, iba a la tienda cada mañana, abrigada si el marido estaba en casa y desabrigada para indicarle al amante que debía presentarse cuanto antes para no perder ni un minuto.
En esa deliciosa complicidad estuvieron durante un largo tiempo viéndose unas cuatro o cinco veces al mes, pero superando en placer cada encuentro.
Tan guardado tenían su secreto que nadie lo sospechaba. Brenda se había aguantado las ganas de comentarlo, temerosa de que otra supiera lo bueno que ‘lo hacía’ Braulio y se antojara de conquistarlo. Por ese desconocimiento de ese amor sabroso, pero adúltero, cuando las vidajenas le preguntaron a Nancy quién era el ‘dueño’ de esa inesperada barriguita, ella, inocentemente y para salir del paso, dijo que Braulio. La respuesta sorpresiva de la embarazada impactó tanto a Brenda que casi deja caer el litro de leche que le acababa de entregar el chino.
Se fue a su casa y lloró toda la mañana, pero no lo llamó para reclamarle.
Casi dos semanas después, llegó a la tienda sin su abrigo alegrando a Braulio que ya estaba al borde de una crisis de nervios producto de la abstinencia forzada.
Minutos después, confiado en la clave, Braulio entró agobiado visiblemente por las hormonas y fue directo a la recámara y desarropó al bulto que cubierto de pie a cabeza yacía sobre la cama matrimonial.
Una víbora negra en la palma de su mano le hubiera provocado menos terror cuando descubrió que el arropado era el marido de Brenda que, dominado por el sueño y el cansancio de su duro trabajo, no alcanzó a despertarse y solo murmuró unas cortas e inentendibles palabras.
Antes de salir a la carrera de la casa ajena pudo ver a Brenda, que totalmente desnuda y riendo a carcajadas lo señalaba con el índice en ademán acusador.