La intrusa
- miércoles 30 de enero de 2019 - 12:00 AM
BAbelardo no era hombre de discutir, había sobrevivido a diez años de reclamos diarios de parte de sus dos mujeres; fue ese el tiempo que le tomó, una década completita para amansar, como decía él, a Margot y a Luris, quienes pasaron esos diez largos años en una pugna a muerte entre ellas, y atormentándolo a él, cada una con sus reclamos exigiéndole que se decidiera a dejar a una de las dos, lo que nunca hizo Abelardo hasta que ellas aprendieron a tolerarse y a coexistir cada una en su casa.
Los miércoles era el día que menos Abelardo, según él, un hombre de mucha paz, admitía discutir, pero esa mañana de miercolito, Margot le preguntó cuando él fue a desayunar con ella, lo que hacía un día sí y un día no. ‘Y cómo sigue la intrusa'.
Preguntaba porque Luris, la esposa de Abelardo, había estado con la salud quebrantada, pero Abelardo se molestó porque ella la llamara así, y contrario a su norma de no discutir un miércoles, le gritó: ‘TE he dicho mil veces que no la llames así, ella tiene su nombre, si quieres saber de la salud de ella, pregúntame cómo sigue Luris, y ya, no hay problema'.
A Margot se le atragantó la tortilla, y se le revolvieron los cuarenta y dos años de ser la amante, la que solo gozaba a su hombre dos o tres veces por semana, la que no sabía lo que era amanecer una Navidad o un Día de la Madre o de Año Nuevo calientita al lado de Abelardo, nada, y aunque le lloró y le reclamó por diez años, nunca pudo lograr que él dejara su hogar, como tampoco pudo Margot conseguir que Abelardo dejara a Luris, y así llevaban, tranquilas, sin meterse una con la otra, y sin reclamarle a él, más de cuatro décadas.
Y se levantó, le quitó la taza de café a su amado, le echó sal en lugar de azúcar, trajo leche de la que él no podía tomar y se la rellenó gritándole ‘vete mucho al carajo, hombre de mier… , vete para la misma ver… y métete la lengua por donde no te quepa, pero a mí no me vas a regañar porque me da la gana de llamarla intrusa, claro que eso es, sabe que tú y yo nos queremos y sigue ahí de metida'.
Fue mucho para Abelardo que andaba nervioso porque el doctor había dicho que su esposa tenía muy alterados los tiempos de coagulación, y él no sabía si eso podía significar algo malo, de manera que la bañó con el café con sal y leche prohibida, gritándole alterado también: ‘No la llames intrusa, Luris es mi señora, mi esposa, mi mujer, la madre de seis de mis ocho hijos, por favor, no la llames así'.
El mundo entero le cayó con fuerza a Margot, que sintió que 42 años a la sombra del mundo, como la otra, como ladrona de polvos, como lo peor, no habían sido suficientes para que Abelardo considerara que ella no era su señora, su esposa, su mujer, la madre de los otros dos hijos, nada, ella era menos que nada, una vulgar querida, una cosita, como le habían dicho que decía Luris que era ella.
Y se le fue encima con una escoba pidiéndole con lágrimas de rabia que se fuera de una vez y que no volviera nunca más, que jamás quería saberlo cerca de ella. Y Abelardo se descontroló y la remató: ‘Mira lo que dices, Margot, yo solo te dije que no le digas intrusa a Luris, que eso es una falta de respeto, en todo caso, la intrusa serías tú'.
Margot sintió que le faltaba el aire, que la casa daba vueltas y vueltas y que por último le caía encima. Despertó en el hospital con el azúcar revuelta, complicada de verdad, y dos días después, allá llegó Luris a verla, tranquila, fue a llevarle un dinerito que le mandaba Abelardo, a quien un galeno le prohibió emociones fuertes, y por eso mandó a la esposa a esa misión.