La interesada

Ahora estaba el grupo atento a Zulaína, la nueva empleada, a la que apodaron ‘Pocotonzona’, por su abundancia.
  • sábado 27 de septiembre de 2014 - 12:00 AM

En la empresa Mucho Poder, como en todas las compañías donde hay mucho personal, laboraban.

Los Tasadores, puros macho-macho que siempre andaban a la caza del mejor trasero, del busto y de las piernas impactantes, para luego regar el dato por todos lados y apostar a quién era el más bellaco que se la levantaba.

El grupo, que lideraba Agustín, se había reducido a raíz de que mandaron a tres de vacaciones eternas, porque al principio también les daba por tasar cuál era la del trasero más desnutrido o la del busto menos afortunado, fue en ese jueguito que cayeron en desgracia al burlarse y ponerle una corona a una directiva, quien lo supo por boca de la túngara que también existe en todas las empresas y esta, ni corta ni perezosa los mandó a perderse apenas supo que le apodaban ‘la NaNa’.

Ahí no se sabe qué es palante y que es pa’trás, decía Agustín y soltaba una carcajada, pero cuando vino la investigación, él dijo que los responsables del atropello eran fulano, mengano y zutano, de manera que fueron ellos los que quedaron botados y él siguió como si nada.

Ahora estaba el grupo atento a Zulaína, la nueva empleada, a la que apodaron ‘Pocotonzona’, por su abundancia.

Enseguida Agustín dijo que él se la levantaría en menos de un mes.

Desoyó a quienes le dijeron que iba duro con esa guial, a esa le gusta que le den plata, además no tiene marido así que de seguro pide el vil metal más que cualquier otras, además tú eres tan tacaño que no te vemos chance.

Los razonamientos no hicieron mella en Agustín y solo dijo que a él le sobraba talento para ese levante. Y se enredó con Zulaína, quien desde el principio le habló claro: tengo salario raquítico y tengo mis gemelas que pronto cumplirán quince años, así que está más clarito que el agua. Agustín solo carraspeó y dejó pasar los días.

También se quedó callado cuando ella le habló del traje de las pelás y de otros gastos.

Se ofreció a confeccionarle las tarjetas para la fiesta, pero ella le dijo que ya eso estaba listo, y le dio diez para que repartiera entre sus amigos.

Algunos le preguntaron si él había puesto algo para la fiesta y dijo orgulloso que cero bolero, suficiente con mi talento, ella está caída conmigo y por eso me acepta sin darle ni medio centavo, además me escogió para que yo baile el vals con las chiquillas.

El choteo de Los Tasadores fue inmediato y ruidoso. Con ese entusiasmo se presentaron todos a la fiesta, la mayoría iba por ver a Agustín bailar, algo que les parecía extraño porque siempre había sido desorejado y de pasos torpes. ¿Y ese poco de gringos?, preguntó uno.

Otro dijo que a lo mejor eran familiares de las cumpleañeras. Lo vieron apenas llegaron, bien tallao en un vestido oscuro.

Hasta ensacao anda el hombre, decían ellos orgullosos, pero el gusto se les vino abajo poco después, cuando la maestra de ceremonia anunció el baile de las quinceañeras acompañadas de Joseph Bill, futuro esposo de Zulaína.

Fue como un remezón de la misma Tierra, todos miraron a Agustín, quien se había puesto de pie apenas anunciaron el vals.

Lo vieron caminar hacia la pista y acudieron a ayudarlo, pero ya otros habían acudido a sacarlo del área. A viva fuerza lo echaron del sitio, porque quiso empujar al gringo que trataba de sacar sus mejores pasos. Pasó una semana sin ir al trabajo, avergonzado de que allá todos sabían que había sido burlado y negreado en la fiesta de las hijas de Zulaína.

Mucho después contó que ‘Pocontozon a ’ nunca le soltó nada. ‘Me dio una lección esa p…’, decía cabizbajo.

‘Fue por tacaño, compa, no le dé más vuelta a eso, fue por duro y miserable’, le comentó otro para consolarlo.

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