La hipócrita
- viernes 11 de enero de 2013 - 12:00 AM
A unque sabía que la hipocresía es el colmo de todas las maldades, Mayté andaba a diario en compañía de esta carroña, pero era tan hábil que aún había un montón que creía en ella, a quien describían como un ser especial, ‘Solo le faltan las alas’, decían.
Pero como todo tiene un hasta aquí, el fin de su reinado comenzó cuando un supervisor evaluó al personal y determinó enviar a varios a seminarios de capacitación y actualización, para que mejoraran su rendimiento y él se comprometía a pedirles un aumento. Renata, Fariza y María Consuelo fueron inscritas en el curso que dictaría Teresita, una novata en la empresa, pero llena de conocimientos frescos que debería transmitirles a las compañeras, a quienes Mayté, a escondidas, nombró ’Las tres ignorantes’.
La iniciativa del nuevo jefe causó mucho malestar entre las elegidas para refrescar los conocimientos, y así lo expresaron entre sus compañeras. ‘No vayan a ningún curso, qué se cree esa Teresita, que ella es una profesora o algo así, mándenla para el carajo, si ustedes saben más que esa flaca’, así azuzaba Mayté a las pobres mujeres que, taza de café en mano, iban de un lado a otro recogiendo opiniones para debatirlas con el nuevo supervisor. Una, que siempre había envidiado el trasero fulminante de Fariza, dijo en tono de lástima: A mí que no se le ocurra mandarme a tomar clases, que no se le ocurra tratarme como iletrada, como analfabeta.
El comentario casi le sacó las lágrimas a las tres mujeres, quienes se pasaron una a una el pañuelo que Mayté les dio mientras las animaba a no asistir al seminario que dictaría Teresita, a quien vieron acercarse, por lo que las tres desactualizadas cogieron rumbo encaradas.
Hola, Tere, le dijo Mayté, y miró a todas partes antes de añadir: Les decía yo a Fariza, a Renata y a María Consuelo que no dejen de asistir a tus clases, que tú eres la persona idónea para ayudarlas a salir de la ignorancia.
El comentario quedó ahí porque vieron venir al supervisor, a quien Mayté felicitó por la idea de actualizar a las que andaban atrasaditas en conocimientos.
El lunes, muy temprano, Teresita estaba lista en espera de sus alumnas. Casi a las diez se presentaron las tres mujeres en el despacho del jefe, a solicitarle que anulara el seminario o ellas renunciaban. Fue una conversación corta en la que las tres damas expusieron todos los argumentos que Mayté les había dictado. El jefe las miró y dijo que el seminario era necesario y beneficioso, por lo que una señaló que Mayté les había dicho que eso era humillarlas, por lo él la mandó a llamar, extrañado, y también pidió que viniera Teresita, quien abrió tamaña bocota cuando supo que la misma persona que le decía que animaba a las otras a asistir al curso era la misma que las motivaba a lo contrario.
El jefe tamborileó y le concedió a Mayté la oportunidad de defenderse, pero las cuatro mujeres expresaron con pelos y señales todo lo que ella les había dicho por separado acerca del seminario.
Yo solo quería ayudar. ¿Ayudar actuando como una hipócrita?, preguntó el jefe.
‘Mida sus palabras que yo no soy ninguna hipócrita’, se defendió Mayté y dio un manotazo en el escritorio.
‘Eres eso y peor, y estás botada’, afirmó el mandamás.