La chancera

La chancera subió lentamente, olorosa a perfume comprado en catálogo y con su ropa de siempre, con la que parecía más desnuda que vestid...
  • jueves 24 de enero de 2013 - 12:00 AM

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La chancera subió lentamente, olorosa a perfume comprado en catálogo y con su ropa de siempre, con la que parecía más desnuda que vestida. Los compradores, en fila ya, empezaron a hacer su pedido, muchos en voz baja o en clave, para evitar que algún presente mala fe le salara el número. Alex, como siempre, se quedó de último, porque así le ordenaba Aidita, su mujer, quien era tan supersticiosa que creía que sus números se le quedaban trabados en el ánfora si había alguna preñada escuchado cuando este hacía el pedido.

‘Deme 10 de 83, 10 de 40, 10 de 38, 10 del 46, 10 de la fecha de los aburridos y 10 del número de las quemonas’, pidió Alex cuando ya no quedaba otro cliente que él.

‘Cuidado y te topas con una quemona y entonces sí que tu mujer te tuerce el pescuezo’, le dijo Eva, la de los chances, y soltó una carcajada tan estrepitosa que sus pechos colosales subieron y bajaron con un compás tan sensual que Alex dejó la mirada un rato en ese punto, hasta que ella se percató y fingió taparse con una sonrisa de poder que asustó al mirón.

Apenas jugó el primer premio, Aidita le exigió a Alex que cogiera camino para la casa de Eva a buscar los dólares del 46. ‘No le des nada de propina’, le ordenaba al hombre que en una hamaca pedía que esperara a que bajara el sol.

‘Vete ya, que se acaban los ‘shorts’ en los almacenes y yo necesito equiparme para los culecos’, exigía Aidita, por lo que Alex se levantó y de un salto se puso en camino para la casa de la chancera, a la que llegó sudoroso. ‘Jo, no me dejaste ni calentar la plata’, dijo Eva, quien estaba en toalla y dispuesta a meterse al baño.

‘Tírate en esa hamaca mientras me baño, no demoro’, le dijo la hermosa y semidesnuda mujer, que al rato le gritó desde el baño para que le pasara el champú que estaba sobre la mesa.

Alex se enredó y no encontraba el champú hasta que ella salió en toalla y le enseñó un sobrecito que había sobre la mesa. ‘Ese, ese es el champú, pásamelo’, decía Eva sin percatarse de que la toalla estaba tan mal puesta que la mirada de Alex podía captar un punto clave de la anatomía, y se puso tan nervioso que cuando fue a entregarle el champucito, este se le cayó, por lo que tuvo que agacharse a recogerlo, con tanta mala suerte que al levantarse tropezó con el cuerpo exuberante y casi encuero de la mujer, quien solo dijo: ‘Ay, Alex, tú sí eres chambón’.

Alex la miró disgustado por llamarlo torpe y fue cuando Eva notó que el muchacho tenía su gracia: unos ojos grises que hacían juego con su piel negro talingo. ‘Pareces un hindú’, le dijo y soltó el dedo que sostenía la toalla, que cayó con un susurro al piso, despertando en ambos la pasión contenida, a la que le dieron rienda suelta. Entre las urgencias del cuerpo no se dieron cuenta de que el reloj iba caminando. Ninguno oyó que afuera, Aidita se topaba con el marido de Eva, que regresaba hambriento del trabajo.

‘Mi marido se vino hace cuatro horas a cobrar el premio y no ha vuelto’, le dijo ella. ‘Mi mujer nunca le ha quedado mal a nadie con el pago de los premios, así que vaya a buscarlo a la cantina’, le dijo el otro encarado y entró a la casa.

Aidita ya se iba, pero escuchó los gritos confusos y volteó a mirar. Alex, con una prenda íntima en la mano corría hacia la calle perseguido por el marido de Eva, que armado con un bate trataba de darle alcance. No tuvo tiempo de pensar en nada, pero se agachó y agarró una piedra que le lanzó con fuerza al hombre que trataba de alcanzar a Alex, quien se perdió entre un matorral, dejándola enfrentada con el apedreado.

Eva llamó a la Policía, que no vino, por lo que tuvo que negociar con Aidita el asunto del premio. ‘No te voy a dar ni un real por haberle lastimado el hombro a mi marido, y anda donde quieras, que la ley castiga tanto al que vende chance clandestino como al que lo compra’, le dijo, por lo que Aidita se fue limpia para la casa y sin ánimo para reclamarle a Alex.