La apuesta
- miércoles 28 de marzo de 2012 - 12:00 AM
Ruperta acomodaba la ropa de acuerdo a la textura y mientras contaba las piezas y maldecía su mala suerte de tener que ganarse la vida de esa forma tan dura escuchaba la letanía sexual de Evaristo, el patrón, quien llevaba sus añitos jubilado del trabajo y de la vida de varón, según él, por culpa de un doctor que en lugar de administrarle un medicamento para la rasquiña le recetó unas pastillas que le tumbaron el pelo y las uñas, además le debilitaron tanto el falo que se paraba y enseguida caía. Una noche en la que él compró un poquito de felicidad blanca, por allá por los predios de la avenida Cuba, no se pudo parar ni para remedio, por lo que él perdió la plata y salió avergonzado. De ahí nunca más había logrado ni siquiera un pinino, pese a que su mujer se cansó de bailarle desnuda todos los ritmos caribeños, de untarle manteca colorá, ponerle alternadamente compresas frías y calientes, llenar la recámara de orquídeas y de darle innumerables infusiones.
‘La mujer tiene gran parte de responsabilidad en el desempeño del marido, ella es la que lleva el mando en la acción’, le decía Ruperta, quien en verdad creía que era así y porque así se desquitaba la altanería de la mujer de Evaristo.
‘Ella hizo lo que pudo, pero no resultó, ese palito mío se murió para siempre’, replicaba él muy entristecido.
‘Ahí es donde se ve cuál es la mujer que sirve y la que no sirve’, respondía ella llena de malicia y con ánimo de joder, y añadía:
‘La mujer que tiene sus ovarios bien puestos no deja jamás que el marido de la casa no accione, mire nada más al mío, con 87 años todavía pone a sudar a cualquier pelaíta’.
Y mientras le pasaba las piezas planchadas para que él las pusiera en el gancho, siempre ella con el juegavivo, recordó que aún le faltaba comprarle el Baldor a su hija, por lo que le dijo: ¿se atreve a apostar conmigo a que yo sí le paro esa vaina y lo curo para siempre?
Evaristo miró la sonrisa de Ruperta, con ese diente de oro que a él le daba repugnancia, luego examinó el cuerpo, que tenía curvas, pero buco de grasa en la cintura y áreas anexas.
Y pudo más su deseo de ‘volver al mundo’ y ofreció: ‘Si lo logras te doy toda mi quincena, pero si no lo paras, tienes que hacer cuatro planchadas gratis’.
Chocaron las cinco y él se levantó a bañarse mientras ella terminaba de planchar los pantalones de la patrona, a los que les hizo, de maldad, varios quiebres para que luciera desaliñada.
Un rato después estaban en la sala dispuestos a la batalla. Y cuando Evaristo vio en su real dimensión esa masa de carnes libre de fajas y ropa apretada quiso huir, pero Ruperta, que solo pensaba en el Baldor de su hija, le sonrió y el diente de oro brilló lanzándole su hedor metálico. Evaristo sintió el sudor frío de su cuerpo tembloroso y cerró los ojos cuando ella se le arrodilló dispuesta a resucitarle el muerto. ‘Dios, que no me lo muerda con el diente de oro’, rogó y se agarró aterrado con ambas manos al cabello de Ruperta.
Tras media hora de lucha, en la que el diente de oro lo rozó muchas veces, la planchadora logró el objetivo y gritó: ‘Ahí está lo suyo, venga lo mío’.
Evaristo, feliz y liberado del diente de oro, corrió a la recámara a buscar el dinero. Ruperta, con el chenchén en la mano, exigió que él calmara sus ansias femeninas, cosa que Evaristo no estaba dispuesto a cumplir.
‘Esto es para disfrutarlo con mi mujer, ya te di tu plata’, le dijo mientras se vestía dispuesto a ‘guardárselo’ a la verdadera dueña.
No se dio ni cuenta de que Ruperta había salido hasta cuando sintió el calor de la plancha en su brazo derecho. No se atrevió a acusarla por temor a que su mujer descubriera la travesura.