Gringo y sus mujeres
- lunes 21 de enero de 2013 - 12:00 AM
L e decían Gringo porque el man tenía pinta de soldado yanqui, pero eso era solo apariencia, porque el fulano era más panameño que el sancocho. Estaba casado con Brenda, una damita dizque pendenciera y quien se lo quitó a Aneth, la novia de muchos años de Gringo, que la dejó por unos días solamente, porque en la tercera noche de casado se le escapó a la esposa y regresó al día siguiente. Y desde esa fecha estaba con las dos. Pero yo soy la esposa, vociferaba Brenda. Ah, pero la mujer de Gringo soy yo, se decía que era el pregón de Aneth. Lo cierto era que las dos habían jurado por los siete mares que donde se encontraran la tendrían, y será la pelea del milenio, afirmaban ambas, que ya llevaban diez años en ese tira y jala.
Brenda no dejaba al marido porque el hombre tenía tres colegiales, por lo que cada semana ponía el billetón que ella administraba a su gusto, además, Gringo era un buen amante y buen cocinero, no ponía ningún pero si le tocaba ponerse el delantal y preparar la comida.
Aneth, por su parte, decía que no lo dejaba porque él estaba casi a punto de dejar a la mujer, que era el cuento que Gringo le sacaba cada vez que ella se ponía majadera preguntando cuándo se mudaría a vivir a su casita. ¿Seguro que ustedes están juntos, pero dejados?
Correcto, decía Gringo, así mismo es. Cuestión de esperar un poquito y meto los papeles del divorcio. Y en la casa afirmaba, serio: hace años, desde que te conocí, que dejé a esa guial, no he vuelto a saber de ella, así respondía cuando Brenda se ponía celosa y lo acusaba de que aún se entendía con la fulana.
Fue un lunes que Gringo pudo sacudirse a Brenda y dejarla en la casa con el pretexto de que iba a llevar el busito al mecánico, supuestamente preparándose ya para estar listo apenas se iniciara el año escolar. Pero la esposa tenía sus dudas y lo siguió hasta un punto cercano a la entrada a un río. Se bajó del taxi en otro punto y se mandó a pie bajo el ardiente sol, con tanta suerte que encontró a los amantes romanceando debajo de un frondoso mango.
Y como Aneth le tenía ganas, abrió la puerta y salió a tirar puñete, mientras Gringo solo miraba la pega. Las dos mujeres se fueron contra el carro y allí se dieron guante del bueno hasta que decidieron que Gringo tenía que elegir allí mismo para que se acabara la vaina. Pero el hombre, en un abrir y cerrar de ojos, trancó las puertas, por lo que aquellas empezaron a golpear con saña los vidrios. Unos bañistas llamaron a la Policía, que no tardó y encontró a las mujeres afanadas aporreando vidrio.
Yo soy la esposa, les decía Brenda a los policías, pero Gringo fingió no conocerla siquiera, y luego dijo que no tenía idea quién era Aneth, por lo que las autoridades cargaron con las dos damas, acusadas de vandalizar un automóvil y mantener secuestrado al dueño dentro del carro.
Gringo no movió ni un dedo para apoyarlas en el trámite judicial, pero las dos, apenas salieron, corrieron a buscarlo y a pedirle disculpas, con la promesa firme de que no volverán a ponerlo a escoger. ¡Suficiente Gringo para las dos!, dijeron Aneth y Brenda, despojadas de todo lo que huela a dignidad de mujer.