El ‘faitin’ del jefe y del subalterno

‘ ¡Me la vende o me la cojo, y me la cojo sin pagar!’ fue el grito de guerra que escucharon los clientes de la fonda Pechugas calientes ...
  • jueves 09 de febrero de 2012 - 12:00 AM

‘ ¡Me la vende o me la cojo, y me la cojo sin pagar!’ fue el grito de guerra que escucharon los clientes de la fonda Pechugas calientes . Era el mediodía, hora en la que todos los colaboradores de la empresa hidroeléctrica La jodedora empezaban a ‘ver chinos con paraguas’, por lo que se acercaban al local para calmarlos. Fue Jaime Ngabelli, quien andaba con los nervios de punta porque se rumoraba que los Carnavales serían suspendidos, el que expresó ‘¡Me la vende o me la cojo, y me la cojo sin pagar!’, para exigirle a la vendedora de la fonda que le sirviera una bolita de puré que había en la vitrina de los alimentos. ‘Es ajena’, le dijo encarada la pelaíta que despachaba. ‘Dije que la quiero’, añadió Jaime visiblemente molesto. ‘Ya le dije que esa bolita de puré es para don Rebolledo’ contestó la muchachona mientras se ponía la mano derecha abierta sobre el pecho semidesnudo, pero Jaime tenía tanta hambre y ganas de la bolita de puré de papas que no estaba para mirar tetas alegres. Y con esa voz prepotente que Natura le otorgó, gritó nuevamente ‘Me la vende o me la cojo, y me la cojo sin pagar’. Fue en ese momento que se acercó don Rebolledo, el gerente general, a quien enseguida, la vendedora del suéter vendeteta le despachó un plato rebosante de carbohidratos: arroz blanco, macarrones rojísimos, bistec picado, tajadas y, ante la mirada asesina de Jaime, le agregó la bolita de puré.

Un segundo o menos duró el plato en las manos de Rebolledo, porque en la mente de Jaime se unieron tres fuerzas malignas y azuzadoras de pleitos: la rabia, el hambre y el temor a que eliminaran las fiestas de Momo, por lo que de un manotazo le tiró la comida al piso ante la mirada incrédula de los otros clientes de la fonda. Macarrones, arroz, tajadas, trocitos de carne, y sobre todo, la bolita de puré, yacían en el piso. Un minuto le tomó a Rebolledo reaccionar y sacar a relucir su origen: hombre de pueblo, que había llegado a la encumbrada posición gracias a sus estudios y a su esfuerzo. Fue él quien dio la primera trompada después de tirarle el saco a una de las secretarias, quien enseguida, llena de emociones estériles y tontas, salió al baño a aspirar el olor de hombre macho que, según contó después, emanaba del saco de Rebolledo, a quien ella, secretamente, le tenía ganas.

45 segundos, y después de recibir varios jabs a los pómulos y a la lámpara derecha, le bastaron a Jaime para olvidar que Rebolledo era el gerente general.

Y fue cuando la cosa se puso buena en la fonda, el combate cuerpo a cuerpo, al estilo de los mejores boxeadores panameños, era avivado por los otros empleados, mientras unos gritaban

‘Dale Rebolledo, noquéalo’, otros aplaudían y coreaban ‘Métele, remátalo Jaime’. Todos, trepados en las mesas o muy cerca de los ‘púgiles’ se mantenían atentos al desarrollo del combate. ‘Cien dólares a Rebolledo’, gritó la jefa de Recursos Humanos,

‘Acepto’, gritó uno de los conductores del gerente. Otros se iban a sumar a las apuestas, pero en ese instante llegaron varios policías y pusieron orden en la fonda.

Antes de una hora, Jaime recibió la carta de despido, al igual que el conductor que apostó en contra del jefe y todos los que gritaron consignas para favorecer al compañero de trabajo. Jaime regresó a su casa golpeado, botado, sin plata para ir a carnavalear y con hambre de puré de papas.